
“Firewall ciudadano: claves y controles”. Lecciones desde el Rin: El Modelo Alemán para Integrar su Parlamento

A raíz del debate sobre la reforma electoral en México, con el foco puesto en la figura de las diputaciones plurinominales, vale la pena que echemos un vistazo al mundo. No para copiar, sino para entender. Y si hablamos de sistemas electorales sofisticados y estables, el modelo alemán para integrar su Bundestag, que es la cámara baja federal, es una clase maestra de ingeniería política. Un sistema que no ve las curules de representación proporcional como un parche o un mal necesario, sino como el corazón mismo de una democracia representativa robusta.
Vamos por partes. Los alemanes, tras la etapa del nazismo, se lo plantearon con seriedad: ¿cómo crear un parlamento que reflejara fielmente la voluntad popular pero que, a la vez, evitara la fragmentación excesiva y garantizara un vínculo directo con los territorios? La respuesta fue algo que ellos denominaron “sistema de representación proporcional personalizada”, un nombre complejo para una idea que, en el fondo, tiene una lógica que el mismo Aristóteles envidiaría.
Trataré de explicarlo de manera sencilla, cada votante alemán al llegar a la urna tiene dos papeletas. Con la primera (denominada “Erststimme”), elige a un diputado de su distrito por el clásico método mayoritario: el que más votos saca, gana. Esto asegura que cada región tenga un representante directo en Berlín. Hasta aquí, similar a nuestras diputaciones uninominales, tenemos 300 distritos federales, cada uno representado por un diputado en la Cámara correspondiente.
La clave está en la segunda papeleta (llamada el “Zweitstimme”). Ésta es considerada por los analistas políticos alemanes la más importante. Con ella, el ciudadano no vota por una persona, sino por una lista de candidatos presentada por cada partido a nivel estatal. La distribución final de escaños en el Bundestag se calcula, primordialmente, con base en el porcentaje de estas segundas votaciones que obtiene cada partido. Es un sistema proporcional puro (aunque hay quien lo llama “mixto compensatorio” por sus características adaptativas).
Pero aquí viene el genio alemán para evitar el caos: la “cláusula de barrera”. Para tener derecho a escaños, un partido debe obtener al menos un 5% de los votos con esa segunda papeleta a nivel nacional, o bien, haber ganado tres distritos uninominales. Esta regla, establecida en la Ley Federal Electoral alemana, es un dique de contención contra la pulverización del parlamento en microformaciones, garantizando gobiernos estables y con capacidad de acción.
¿Cómo se conjuga lo uninominal con lo proporcional? Se hace un cálculo. Primero, se ve el porcentaje total de escaños que le correspondería a cada partido según su voto de lista. Luego, se descuentan los escaños que ya ganaron directamente en los distritos. El resto se completan con los nombres de sus listas plurinominales. Si un partido gana más distritos uninominales de los que le corresponderían por su porcentaje de voto de lista, se le permite conservarlos. Son los llamados “mandatos excedentes” (Überhangmandate), que hacen que el tamaño total del Bundestag pueda variar ligeramente para mantener la proporcionalidad exacta.
Ejemplifiquemos lo anterior culinariamente: Imagínese que el Bundestag es un pastel que se reparte con precisión pitagórica. Como ya lo expresamos, la segunda papeleta (el voto de lista), determina el tamaño exacto de la porción que le toca a cada partido.
Para servirlo se toma en cuenta lo siguiente:
- Se calcula la porción justa determinando cuántos pedazos de pastel (escaños), le corresponden a un partido según el porcentaje de votos de lista que obtuvo.
- Se descuentan los ya servidos: Es decir, de ese total de rebanadas que le corresponden, se restan los escaños que sus candidatos ya ganaron directamente en los distritos uninominales. Estos son como pedazos que ya se han puesto en su plato.
- Se completa el plato: Los escaños que faltan para completar la porción que le fue asignada se "sacan" de la lista plurinominal del partido.
Ahora, otra peculiaridad: ¿Qué pasa si un partido, por sus triunfos en distritos, ya tiene más pedazos en su plato de los que su porción del pastel le permite? Por ejemplo, si por sus votos solo le corresponden 10 pedazos, pero ya ganó 12 distritos. No se le quitan los dos extras, el sistema alemán lo permite. Esos dos son conocidos como los "mandatos excedentes" (Überhangmandate).
Para que los demás partidos no se vean perjudicados y la proporcionalidad del pastel completo se mantenga intacta, se agregan pedazos extra (mandatos de nivelación), para todos. Así, el tamaño total del pastel (el Bundestag) crece, pero la justicia en el reparto se preserva acorde a la votación obtenida (allí no hay INE ni Tribunal con ópticas particulares que cargue los dados).
El resultado es un parlamento espejo de la sociedad. Si un partido saca un 30% del voto popular, tendrá, grosso modo, un 30% de los escaños. La sobrerrepresentación de partidos grandes, tan común en otros sistemas, se mitiga. Las minorías políticas tienen su espacio, pero solo si superan un umbral de apoyo significativo, lo que premia la formación de consensos amplios.
El tono de la reforma electoral en México, si quiere ser seria, debería mirar este equilibrio. No se trata de satanizar o glorificar las plurinominales. Se trata de diseñar un mecanismo donde la voluntad del votante, expresada en ambos sentidos, sea la que defina la composición final del Congreso de forma justa y transparente. Donde cada voto cuente igual, pero donde la gobernabilidad no sea rehén de la fragmentación.
El modelo alemán ha generado un Bundestag muy numeroso, pero durante décadas ha producido estabilidad, gobiernos de coalición negociados y una representatividad incuestionable. La lección alemana es menos “copiar la receta” y más “aprender la lógica”: equilibrar representatividad y gobernabilidad con reglas claras y consensuadas. Una lección que, en el actual debate, merece ser escuchada con atención. Por supuesto, no sobra una advertencia a tiempo sobre el riesgo y la dificultad de trasplantar instituciones de un sistema parlamentario federal a uno presidencial como el mexicano.


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