
El informe anticlimático

Como todo está pasando, en el mensaje por su segundo informe de gobierno la presidenta Claudia Sheinbaum dijo prácticamente nada novedoso. Una mañanera y el acto del primero de septiembre en Palacio Nacional se diferencian en quienes ocupan las sillas y la frecuencia con la que estos aplauden. Del discurso, un río de datos y balances autocelebratorios, para la nación poco trascenderá.
El todo que “está pasando” es la negociación comercial con Estados Unidos, a la que Sheinbaum le dedicó menos de diez palabras—“esperamos llegar a un entendimiento”—; las presiones para que entregue a políticos morenistas —tema que en concreto eludió—; y la rebeldía de Rubén Rocha y de Enrique Inzunza —quien regresó al Senado ayer—, que no le merecieron alusión y menos regaño.
Un informe que se solaza —un poquito— en criticar el pasado “neoliberal” sin adornar al presente de épica narrativa alguna; la retórica del sexenio es el decreto —no faltan medicamentos oncológicos, sentencia—, no el cuento; un mensaje que exagera la importancia de la refinería Dos Bocas en el abasto de combustibles, pero que no habla del huachicol, el temita que también está pasando.
La presidenta pierde el tono. Lo que era un mensaje sobrio encalla cuando cambia la voz para responderle, a quién sabe quién, que el Tren Maya sí funciona (mientras que el aeropuerto Felipe Ángeles, de plano dice, tiene mejor desempeño que el programado). Reporta eso del Maya justo al día siguiente de que ese ferrocarril presentó una nueva falla, obligando a transbordar pasajeros. Los dichos, los hechos.
El mutis presidencial sobre la realidad se extiende cuando presume logros de la Comisión Federal de Electricidad sin hacerse cargo del macroapagón, la víspera, en el sureste. Tiempo atrás, la presidenta ha dicho que lo que no se nombra no existe, aquí lo cumple: elude fallas y nos deja a oscuras de lo que ocurrió, y sobre todo de lo que se hará para que no ocurra de nuevo.
A Andrés Manuel López Obrador lo menciona tres veces. Referencias asépticas al acreditarle materias concretas. Lo que parece un avance, el desapego como principio de independencia, tropieza luego con la frase que más destacará de este mensaje. “Que nadie se equivoque”, expresa con énfasis, “aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimiento”. Iniciar también el segundo tercio con capote prestado.
La presidenta Sheinbaum quiere un país donde todos los jóvenes tengan un lugar en la escuela, todos los estudiantes una beca, el Estado la rectoría de lo económico, el sistema de salud más clínicas y camas que en el pasado neoliberal y los programas sociales sean vistos como amorosa obra del Gobierno. Un sueño que necesita mucho más que un discurso esquemático y autorreferencial.
Sumar a la nación a ese sueño, hacer que la gente crea en lo que se dice, así sea como promesa posible, requiere una conversación transversal con distintos sectores que no ocurre ni en el día del informe. En dos años, la presidenta no ha hecho gala de eso que ayer presumió al decir que en México “sabemos dialogar y nos entendemos como un país democrático”. Ni en su día la presidenta se abre, se prodiga.
Claudia Sheinbaum presume que se nota un nuevo sistema de justicia sin hacerse cargo de las dos varas con que éste mide a los acusados, la una de nulo acoso para los de casa, la otra refunde en Almoloya a opositores sin sentencia. En el día de su balance por el segundo ciclo, la presidenta que se muestra muy satisfecha no da pista alguna de que, yendo tan bien las cosas, se dará permiso para ser generosa.
Queda para el futuro la promesa presidencial de que el regreso de la rectoría del Estado en el manejo económico, en el que subraya su intención de incentivar más contratos de inversión mixta, no significará el abandono de la disciplina; más cuando ella misma al arrancar su informe admitió que la imposición de aranceles por parte de Estados Unidos ha generado “difíciles circunstancias”.
¿Hay forma, en cambio, de creer que el Gobierno no compra camionetas de lujo, como lo asegura Sheinbaum? ¿Será que las diferentes dependencias, incluida la Suprema Corte, dependiente como ya es del Ejecutivo, “solo” hipoteca el erario en alquilarlas? Si asegura que las “excentricidades” y los “lujos” acabaron al llegar la 4T, y que debe continuar así, ¿significa que los López, los Adanes, los Haces, la Mara, y el largo etcétera, la escucharán? Informes que suenan a llamados a misa, pues la frase presidencial carece de enojo.
El discurso del día de la presidenta se fue rápido. Hora y cuarto a la espera del informe escrito, ese que con sus diablos en los detalles se entrega al Congreso. Mientras eso ocurre, en Palacio Nacional se escuchó a una Administración ensimismada y reacia a los otros datos y a las otras voces que también componen la nación que tiene hoy el Gobierno con menos contrapesos en décadas.
El informe resulta anticlimático: el tono más propio de un trámite que de una ocasión celebratoria; el fondo, muy con alfileres sobre cosas que se suponen que están pasando justo cuando estamos a la espera de que todo pase, como en el dramático cambio en la relación bilateral que es aguardado por un México donde el movimiento en el poder es la causa de las mayores crisis políticas.





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