
México despierta del sueño: Inglaterra vence 3-2 y elimina al TRI del Mundial 2026

Inglaterra puso fin al sueño mundial de México, el de la selección y todo un país, de la forma más cruel. El equipo de Tuchel, que aspira a todo, llega a cuartos con lo justo, gracias básicamente a dos mazazos seguidos de Bellingham en la primera parte que, a la postre, lastraron al equipo mexicano, al que no le bastó el tesón y el empuje de un Azteca inconmensurable. Hay partidos que terminan explicando la pasión por el fútbol. Este México-Inglaterra y su marcador 2-3 es uno de ellos. No solo porque definió uno de los mejores ocho equipos del Mundial, sino por la vibra que desprendía un estadio, un equipo, un deporte que, aunque fuera provisionalmente, ha alterado la manera en que millones de personas habitaron su propio país.
Tuchel, sabedor de que México flojeaba en los laterales, apostó por dar salida a Saka y Gordon en los extremos y abrir las alas ante la selección anfitriona, que llegaba con la portería intacta a los octavos de final. Aguirre, por su parte, planteó el mismo once que ante Ecuador; la primera vez que repetía apuesta el técnico mexicano. El primer tiempo fue un monólogo local sacudido por dos mazazos de Bellingham, dos despistes defensivos de una de las selecciones más sólidas durante todo el campeonato. En la primera media hora no hubo apenas rastro de un timorato cuadro inglés, mermado su centro del campo desde el minuto uno por una tarjeta amarilla a Rice.
México logró anular en el arranque a Inglaterra a partir de la contención de un enorme Lira y el desparpajo de Gilberto Mora, que vino a decir con 17 años que no era necesario nacer en Villa Florito para dejar en el camino a tanto inglés. La creación de México pasaba por el joven nacido en el sur chiapaneco y las oportunidades eran para Raúl Jiménez. El delantero mexicano tuvo tres ocasiones claras que se toparon con las manos de Pickford. El guardamenta al que más ha sometido como ariete en la Premier fue esta vez una tortura para el nueve local.
El partido se puso de cara para Inglaterra pasados los 35 minutos. La primera internada con peligro de Saka sirvió para que el extremo del Arsenal colocara el balón en la cabeza de Bellingham, que aprovechó un fallo en el marcaje para perforar la portería de Rangel. No se había repuesto México de la primera sacudida cuando Inglaterra golpeó de nuevo. Un centro de Kane llegó de nuevo al 10 inglés, que lo empujó a las redes. Poco antes del descanso, Quiñones, quién si no, aprovechó un balón muerto en el área tras un saque de falta para insuflar a un país de esperanza.
Hasta este domingo, México solo había perdido dos partidos de 89 en el Azteca: contra Costa Rica en 2001 y contra Honduras en 2013. El tercero ha llegado contra esta Inglaterra que se tomó la revancha 40 años después del Azteca, consagrado como la gran catedral del fútbol mundial. Logró un récord absoluto de aforo con 80.824 espectadores en cada uno de los cuatro partidos que ha acogido, insuperable ya para cualquier estadio, incluido el Met Life de Nueva Jersey. El de este domingo era, además, el partido número 24 que se jugaba en el gran teatro de los sueños mexicanos. Ningún estadio ha albergado tantos encuentros en la historia.
Inglaterra puso contra las cuerdas aún más a México a la vuelta del descanso con un penalti anotado por Kane. Tanto jarro de agua fría parecía irreversible para el cuadro de Aguirre, pero la selección mexicana no se iba a dejar someter tan fácil. La expulsión de Quansah y un penalti de Kane sobre Brian Gutiérrez, anotado por Raúl Jiménez, empujaron a México y acorralaron a una Inglaterra paupérrima que, tras sufrir ante Congo, se limitó a encerrarse todo el segundo tiempo y encomendarse a un Pickford superlativo.
La derrota ante Inglaterra pone fin al Mundial de México y al torneo en México, que pasará ahora a celebrarse por completo en Estados Unidos, aunque el título de mejor anfitrión ya tiene dueño. Desde el 11 de junio, México consiguió desplazar la conversación sobre sí mismo. Quizá por eso el partido contra Inglaterra nunca fue solamente un partido. Era el último capítulo de una historia que había empezado mucho antes del pitido del árbitro. México llevaba semanas jugando algo bastante más importante que unos octavos de final. Estaba jugando contra una vieja costumbre: la de definirse siempre por aquello que le falta.
La selección mexicana convirtió una frontera deportiva en una categoría nacional. El famoso quinto partido dejó de ser una ronda eliminatoria para transformarse en una manera de narrarse. Varias generaciones crecieron creyendo que el Mundial era, sobre todo, el lugar donde México encontraba el mismo límite. Pero este campeonato modificó el orden de las cosas. Durante años se pensó que la selección debía reconciliar al país consigo mismo. Esta vez ocurrió exactamente lo contrario. Fue el país el que terminó sosteniendo a la selección. La ilusión no nació de un juego extraordinario ni de una generación irrepetible. Nació de algo más profundo: de la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, el Mundial pertenecía más a la gente que a la propia FIFA, más a las calles que a las zonas VIP.
El Azteca era el escenario inevitable porque allí se concentran demasiadas capas de la memoria futbolística mundial. Pero había ‘otro’ Mundial que ocurría también lejos de sus tribunas. Durante semanas, el país encontró un relato compartido en un tiempo en que casi todos los relatos parecen fragmentarse. México siempre ha desconfiado de las definiciones simples. Quizá por eso el fútbol nunca alcanza para explicar a México, pero sí para iluminarlo durante un instante.
La derrota dolerá en México como duelen todas las eliminaciones, más contra una selección que aspira a la gloria y apenas mostró nada. Lo que no conseguirá es devorar lo vivido durante el último mes. El triunfo de Inglaterra cierra la participación de México, pero no cancela lo que ha producido el Mundial. Un país que durante un mes consiguió reconocerse en una alegría compartida sin necesidad de inventarse un héroe ni de negar sus problemas. El Mundial recordó que, debajo del ruido cotidiano, sigue existiendo una sociedad capaz de encontrarse alrededor de una emoción común. Y quizá esa sea la victoria más difícil de conseguir. Ahí México ha ganado por goleada.


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