
Arrasa México a Ecuador y el pueblo celebra su Noche de la Victoria

¿Y si sí México tiene la oportunidad de oro? ¿Y si sí el Azteca juega como el futbolista número 12? ¿Y si sí esta vez es la buena? ¿Y si sí? México ha abierto el jarrón de la felicidad. La selección ha alcanzado los octavos de final en el Mundial en casa. Ha ganado en el campo, en las tribunas, en las calles. El país se ha volcado, una vez más, con el equipo que aspira a romper su propio límite. El pelotón Aguirre superó una espinosa prueba llamada Ecuador gracias a la potencia de sus goleadores Julián Quiñones y Raúl Jiménez. Los mexicanos siguen de fiesta hasta, por lo menos, el próximo domingo 5 de julio.
Aguirre empezó la partida de ajedrez con una alineación firme, sin experimentos. El estratega mandó músculo con Erik Lira y Luis Romo en el mediocampo, pero también el pincel de un joven prodigio que quiere dibujar alegrías para los mexicanos como Gilberto Mora. Le confió todo a su tridente favorito: Julián Quiñones, Raúl Jiménez y Roberto Alvarado en el ataque.

El juego se retrasó una hora por una tormenta eléctrica que adornó y asustó los alrededores del Estadio Azteca. Los aficionados, ávidos de fiesta, soportaron en su gran mayoría en sus asientos. El mejor aliciente era entonar con el alma Hasta que te conocí de Juan Gabriel o Payaso de rodeo. Todos querían fiesta.
Los ánimos se habían calentado desde horas previas cuando los ecuatorianos planearon de forma ajustada su viaje de Columbus, Ohio, a Ciudad de México. Viajaron el mismo lunes con la idea de llegar al hotel temprano, pero lo hicieron un par de horas más tarde debido al tráfico habitual de la capital. Además, decenas de aficionados fueron al hotel por la madrugada a molestar a los jugadores con el sonido del claxon y de los motores de las motocicletas. Ecuador mandó sus quejas a la FIFA.

Las tribunas del Azteca respondieron con un cántico que solo dedican a los árbitros: “¡Culeros, culeros, culeros!“. Luego llegaría el grito homófobo de “puto” en cada despeje del portero Hernán Galíndez, algo que está perseguido y penado por la FIFA desde 2014. El último castigo fue hace un mes en Puebla con una parte del estadio vetado.
En el campo, los mexicanos salieron a comerse el mundo. Con las ganas de dar ese ansiado estirón en las Copas del Mundo. Empezaron con la actitud agresiva desde la banda derecha con Alvarado, quien se atrevía a avanzar por el interior y probarse con un tiro a puerta. El que venía con ganas de patear a portería. Lo hizo en dos ocasiones sin mucha fortuna, pero esa valentía se contagiaba.
El juego de la Selección Mexicana, en especial el primer tiempo, fue digno de un Mundial, muy cerca de la élite, y confirmó que el momento que vive el Tricolor es mágico. Sin excepción, desde Raúl Rangel hasta Raúl Jiménez, brillaron.
Al minuto 22, Quiñones encendió su motor por el costado izquierdo para enfilarse hacia la portería, aguantó y aguantó para dejar plantado en el césped a Willian Pacho y marcar un golazo. Primer golpe mexicano. Eso hizo que el Azteca entrara en esa fase que hace que todo salga por los aires, huela a cerveza y vibren los asientos. México jugaba tan bien que el árbitro tuvo que parar en seco a los jugadores para la pausa de hidratación. Tremenda bronca del lado mexicano. Ese enojo lo transformaron en otro contragolpe letal donde Quiñones jaló la marca y le dejó el pase de gol a un Jiménez que decidió colgar el balón dentro de la portería para amargar aún más a Ecuador con el 2-0.
El equipo ecuatoriano, herido y con mucho tesón, empezó a robarle el balón a los mexicanos antes del final del primer tiempo. Todos los balones intentaban llegarle a John Yeboah, quien tuvo dos remates a portería que exigieron a Raúl Rangel, guardián rosado de México. El jugador trampa era Enner Valencia, quien intentaba atraer a los defensas mexicanos, pero estos sabían que era más peligroso Nilson Angulo por el costado.

Aguirre entró al vestidor como el abuelo que sabe que sus nietos se portaron bien, aunque aún debía darles una lección extra de humildad porque en el manual venía que Ecuador se iba a lanzar al ataque. Su oponente del banquillo, Sebastián Beccacece, mandó artillería nueva. El plan ecuatoriano era atascar el campo rival con jugadores dispuestos al ataque. La respuesta de Aguirre fue sustituir a Mora para que entrara alguien similar a su toque, como Brian Gutiérrez, cerca de la hora de partido.
México se cerró para evitar cualquier susto. Cuando el tricolor volvía a atacar, exigía de más al portero Galíndez. César Montes y Johan Vásquez probaron con remates de cabeza que se saborearon el tercer gol. El Azteca abrumó a los ecuatorianos, insistentes en abrir el cerrojo mexicano. El experimentado Piero Hincapié se hizo expulsar en el tiempo agregado al insultar con la boca tapada a Santi Giménez, goleador que espera su gol.
Ya desde antes, las bocinas del Azteca avisaban que “aquí el fútbol es como una religión”.
Ahora, espera al ganador del partido de hoy entre Inglaterra y República Democrática del Congo. En medio de la espera, el Tricolor vivirá en paz, sabiendo que el domingo —sin importar el rival— volverá tener de su lado al monstruo de más de 80 mil cabezas.
Con esta victoria, la Selección Nacional ya suma también 10 partidos de Copas del Mundo sin perder en su casa. El Coloso de Santa Úrsula es un búnker real para el equipo mexicano, pero aún le falta una prueba más por superar, la más importante: Avanzar al fin a unos cuartos de final.


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