
México: esto somos

En 2006, Alemania no ganó su Mundial. El que por geografía le correspondía.
Ni siquiera llegó a la final. Italia la eliminó en semifinales con dos goles al borde de la prórroga.
Todo buen aficionado recuerda aquella carrera final de Del Piero, el zurdazo imposible de Grosso, el silencio unánime del estadio de Dortmund.
En aquel torneo, sin embargo, Alemania ganó algo más intangible que una copa: recuperó una imagen de sí misma que durante décadas se le había negado. Fue el comienzo de una lenta despedida del viejo relato.
Para los alemanes, aquel verano quedó en la memoria con la forma de un cuento. No por el desenlace –que fue cruel como sólo puede serlo el futbol– sino por lo que ocurrió mientras tanto. Durante un mes, los alemanes ensayaron una forma distinta de pertenecer; de ser.
Ondearon su bandera en la calle sin culpa. La colgaron de los balcones, la llevaron en los autos y la vistieron orgullosos en sus camisetas. Durante semanas, esos colores dejaron de evocar el peso del pasado y comenzaron a significar algo más. Hospitalidad y no de amenaza. Cordialidad y no intimidación. Un balón de cuero en donde antes había un tambor de hojalata.
El mundo volvió la mirada hacia Alemania y Alemania aceptó volver a ser vista.
De ese ejercicio ganamos todos.
Algo semejante está ocurriendo en nuestro país.
Lo más probable es que el 19 de julio, en Nueva York, ninguna de las selecciones que salten a la cancha sea la mexicana. Lo escribo por cautela, no por falta de fe. ¿Y si sí?
El resultado no importa. A dos semanas de la final, ya puede decirse que esta Copa del Mundo ha cambiado la manera en la que México se muestra.
La fotografía no es falsa. La postal no es obediente. Las imágenes de México que hoy circulan por todo el planeta no son las de un país maquillado para turistas o inversionistas. No riman con el discurso gubernamental. Mucho menos, por supuesto, con las mentiras de nuestra triste oposición.
Algo más complejo se está creando: la imagen verdadera de un país. Una en la que caben, al mismo tiempo, la eficacia de un país moderno y la desmesura de un país popular.
México ha mostrado que puede recibir al mundo sin encogerse, organizar un acontecimiento global con solvencia, asumir estándares internacionales y poner orden donde hacía falta. Al mismo tiempo, ha materializado la más hermosa metáfora que nos alimenta: ningún diseño elitista conseguirá domesticar la alegría popular.
Algo impensable hasta hace poco.
Y es que nada invitaba al optimismo.
El Mundial llegó con precios de risa y restricciones de todo tipo. México le rezongó con calle, multitud, excesos, inventiva y camisetas verdes para todos.
Quien haya estado en los festejos en cualquier plaza del país sabe de qué hablo. Quien haya visto la cobertura internacional en torno a México, también.
No es poca cosa. Llevamos dos décadas acostumbrados a que México aparezca en el mundo por sus muertos. Por sus desaparecidos. Por sus narcos, sus fosas, sus carreteras tomadas, sus policías corruptos, sus políticos diminutos. Por sus catástrofes cotidianas, que son también las nuestras.
Como si el país sólo pudiera asomarse al exterior con la cara de la desgracia. Como si el horror fuera nuestro único género narrativo.
Pero no lo es. Las caras de la luna son dos.
Ahí están las últimas semanas como evidencia.
Como es natural, el nuevo relato del país no desmiente al anterior, pero lo pinta con grises. Nos brinda un respiro de justo matiz.
Esto somos. Esto también somos. Esto somos cuando el relato se presenta entero.
Somos el crimen que nos duele, la impunidad que nos cansa, la desigualdad que nos parte.
Pero somos también un país que no cabe entero en sus expedientes judiciales ni en sus cifras de violencia. Somos un país capaz de recibir al mundo sin encogerse, de organizar una fiesta global con solvencia, de cumplir los exigentes estándares de los grandes acontecimientos.
Somos un país con entusiasmo para sentir y compartir.
Somos un país que, cuando quiere, juega conjugando la primera persona del plural.
A dos semanas de la final, nuestra historia colectiva luce más brillante. Es el relato de un país que se miró en la pantalla global y encontró, por un instante, un mejor reflejo de sí mismo: moderno sin dejar de ser popular, organizado sin volverse frío, multitudinario sin perder el pulso de sí mismo.
México –quizá– no será campeón del mundo.
Tampoco lo fue Alemania en 2006 cuando perdió ante Italia llevándose una reivindicación de su presente.
Si este Mundial nos deja algo, acaso sea eso: la posibilidad de mirarnos sin reducirnos a la herida.
No estamos completos. No hemos sido absueltos. Pero cuando el torneo termine, nos encontraremos más enteros.
Esto también somos.



Firewall ciudadano: claves y controles. El INE saca dos tarjetas, y en Guanajuato: ¡¡penal clarísimo!!





Elemento de la policía de Silao participa en misión humanitaria de búsqueda y rescate en Venezuela

Entrega Lorena Alfaro tres nuevas canchas de futbol en Unidades Deportivas Norte y Sur

Párque Cárcamos confirma la riqueza de su biodiversidad con una jornada de observación de aves





