
España corona su futbol y conquista el mundo: La Furia Roja somete a Argentina y levanta su segunda Copa

East Rutherford, Nueva Jersey (Paralelo X).— España no necesitó traicionar su futbol para volver a conquistar el mundo. Tampoco tuvo que administrar mezquinamente el miedo, recurrir a la especulación o encomendarse a una genialidad aislada. Jugó, insistió, atacó y terminó imponiéndose por 1-0 a Argentina en tiempo extra, con un gol de Ferran Torres al minuto 106, para levantar la segunda Copa Mundial de su historia.
La Furia Roja fue dueña del balón, del territorio y, sobre todo, de la intención. Frente a ella apareció una selección de Argentina irreconocible, muy lejana a la de Kempes o Maradona: rígida, replegada y concentrada casi exclusivamente en cerrar caminos, interrumpir el ritmo español y esperar que Lionel Messi, a sus 39 años encontrara alguna rendija entre las líneas. Nunca ocurrió.
Esta vez los algodones del sistema que lo encumbró en la competencia de este verano, como material para el consumo de los estadounidenses, no sirvieron.
España encerró al campeón defensor, apagó a Messi y convirtió la final en un ejercicio de paciencia. Argentina se transformó en el primer equipo que concluye los 90 minutos de una final mundialista sin realizar un solo disparo, ni siquiera desviado. Su primer intento llegó hasta el minuto 116, cuando ya perdía, jugaba con diez hombres y el título se escapaba irremediablemente.

El dato no admite maquillaje: durante el tiempo reglamentario Argentina no inquietó la portería española. Su resistencia se sostuvo gracias a la disciplina de su bloque defensivo y, principalmente, a Emiliano “Dibu” Martínez, cuyas intervenciones alargaron una final que España pudo resolver mucho antes.
“Creo que el partido debió decidirse mucho antes. Las paradas de Emiliano Martínez evitaron que ganáramos antes”, reconoció después el seleccionador español Luis de la Fuente, quien destacó que su equipo estaba preparado para resistir cualquier escenario, incluso cuando Argentina quedó con diez jugadores.
La historia se rompió en la prórroga. Nico Williams apareció con frescura y velocidad por el costado, ganó espacio y prolongó de cabeza una pelota que encontró a Ferran Torres. El delantero resolvió la jugada definitiva y puso fin a la resistencia argentina.
Era el minuto 106. España, por fin, había traducido su superioridad en el marcador.
Argentina quedó entonces obligada a hacer algo que prácticamente no había intentado durante toda la tarde: atacar. Pero ya no tenía orden, energía ni recursos. Enzo Fernández había sido expulsado y Messi continuaba atrapado en la red española, lejos del área y obligado a recibir de espaldas, siempre rodeado.
El astro argentino, de 39 años, llegó a la final con ocho goles y cuatro asistencias en el torneo. Había participado en anotaciones durante todas las eliminatorias de los dos mundiales anteriores, pero esta vez fue neutralizado por una España que nunca le concedió espacio para girar ni tiempo para decidir.
Así terminó el penoso tango argentino: sin gambetas, sin remates y sin el vértigo ofensivo que exige una final.

Hubo, a cambio, el recurso del "cancherismo rioplatense": fricción, protestas, patadas, interrupciones y una búsqueda insistente de contactos. Algunas caídas fueron reclamadas con teatralidad como faltas y cada choque alrededor de Messi, por leve que fuera, generó presión de los albicelestes sobre el árbitro. A fin de cuentas, la calidad española permitió que el campeón de la competencia máxima del futbol mundial organizada por Estados Unidos, México y Canadá llegara sin cuestionarse su legitimidad.
Sí quedó acreditado, en cambio, que el Mundial terminó bajo un ambiente de sospecha alimentado por decisiones discutidas, intervenciones políticas y debates sobre el poder que rodeó a la FIFA. Medios internacionales señalaron entre las mayores polémicas la llamada de Donald Trump a Gianni Infantino para pedir la revisión de una expulsión al estadounidense Folarin Balogun; la sanción fue posteriormente suspendida y el jugador pudo disputar los octavos de final.
España consiguió que ninguna de esas sombras invadiera el argumento central de la final: ganó porque fue el equipo que quiso jugar.

No fue una goleada en el marcador (al parecer la única ambición argentina, esperando alcanzar los penales). Fue algo quizá más contundente: una goleada conceptual.
España atacó; Argentina desde su miedo resistió.
España propuso; Argentina se atrincheró con el autobús en la portería.
España levantó la Copa; Argentina terminó esperando el milagro de su "dios" Messi... que jamás llegó.


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