¡Morir es poco cuando la libertad y la paz de la patria se mueren!

Han pasado casi ocho días desde los acontecimientos ocurridos en el municipio de Tapalpa, Jalisco; los medios de comunicación siguen hablando de los vehículos incendiados, de las balaceras, de si “ya regresamos a la normalidad”. Los opinólogos siguen contando impactos, repitiendo imágenes, reciclando el miedo, pero en medio de ese ruido hay algo más grave que el fuego: el silencio sobre quienes murieron cumpliendo su deber.
 
Opinión01 de marzo de 2026 Ulises Maldonado Hernández
Defensa
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Han pasado casi ocho días desde los acontecimientos ocurridos en el municipio de Tapalpa, Jalisco; los medios de comunicación siguen hablando de los vehículos incendiados, de las balaceras, de si “ya regresamos a la normalidad”. Los opinólogos siguen contando impactos, repitiendo imágenes, reciclando el miedo, pero en medio de ese ruido hay algo más grave que el fuego: el silencio sobre quienes murieron cumpliendo su deber.

Y ahí está el verdadero problema de fondo: la descomposición del tejido social no empieza con una bala, empieza con dos cosas casi invisibles pero devastadoras; me refiero a la indiferencia y la apatía. Nos acostumbramos, nos adaptamos, normalizamos y, cuando la violencia se vuelve paisaje, dejamos de sentirla como una herida propia.

Se habla del operativo, se habla del líder abatido, se habla de estrategia. Pero se habla poco -muy poco- de los elementos de la Guardia Nacional y de la Secretaría de la Defensa Nacional que fueron emboscados y que no regresaron a sus hogares. Eran militares -sí-, pero antes fueron civiles. Fueron hijos, padres, hermanos; brotaron del mismo pueblo que hoy consume las noticias como si fueran una serie de entretenimiento más.

No se trata de explotar la tragedia ni de revictimizar. Se trata de memoria, porque cuando olvidamos rápido, algo se rompe. Y cuando algo se rompe en la memoria colectiva, se fortalece la apatía.

El gobierno habla de honrar héroes, pero hace años debilitó la formación cívica en las aulas. Se condena la apología del delito, pero se permiten expresiones culturales que glorifican esa narrativa. Se pide patriotismo, pero se relativiza el sacrificio. Esa doble moral no educa; confunde. Y una sociedad confundida difícilmente desarrolla carácter cívico.

¿Cómo queremos que un joven entienda el valor del deber si en los libros de texto se omiten las heridas del presente, pero se incluyen -con entusiasmo doctrinario- capítulos dedicados a proyectos políticos contemporáneos presentados como epopeyas históricas?

No es función de la Secretaría de Educación Pública adoctrinar sobre coyunturas ni revestir de épica lo que aún está sujeto al juicio del tiempo. Cuando la narrativa oficial se inclina hacia el populismo, termina cayendo en una contradicción inevitable: hablar de pueblo mientras debilita el verdadero sentimiento de nación. Y el sentimiento de nación no se decreta; se construye con verdad, con memoria completa y con responsabilidad histórica. Reconocer el presente no debilita al Estado; lo fortalece. Sin embargo, negarlo lo vuelve frágil.

Morir es poco cuando la libertad y la paz de la patria se mueren. Suena duro. Pero más duro es aceptar que, mientras algunos entregan lo único que realmente les pertenece -la vida-, otros apenas entregamos opinión momentánea y después seguimos como si nada. “Ellos eligieron enlistarse”, dicen algunos. Sí. Pero alguien tenía que hacerlo; alguien tenía que asumir el riesgo que la mayoría no está dispuesta a asumir.

La apatía se combate con educación cívica real, no decorativa. Se combate enseñando historia completa, con luces y sombras. Se combate involucrándonos en lo público, exigiendo coherencia, no solo resultados. Y se combate recordando nombres, no solo cifras. Recordando que la estabilidad que aún conservamos tiene un costo humano.

Hago un llamado a los mexicanos, sin distingos de corrientes ideológicas, tendencias, posiciones políticas o visiones sociales, a cerrar filas en lo esencial: la defensa de la vida, de la legalidad y de la patria común. Podemos disentir en muchas cosas -y es sano hacerlo-, pero no podemos ser indiferentes ante el sacrificio de 28 héroes anónimos que murieron defendiendo a la Nación.

Si queremos reconstruir el tejido social, debemos empezar por dejar de ser espectadores. Recuperar el civismo como práctica cotidiana. Volver a entender que la patria no es un discurso, sino la suma de nuestras familias, nuestros entornos y nuestras instituciones.

Porque cuando lo que amamos está en riesgo, el sacrificio deja de ser exageración y se convierte en responsabilidad. Y la responsabilidad no es un concepto abstracto: es una decisión personal frente al destino colectivo.

Si no somos capaces de asumirlo, entonces el problema no será únicamente la violencia; será la indiferencia. Y una nación puede resistir ataques externos, crisis económicas e incluso errores políticos, pero difícilmente sobrevive cuando su propia sociedad se acostumbra a no sentir.

La verdadera derrota no ocurre cuando caen 28 hijos de la Patria de valor acreditado por realizar la encomienda nacional. Ocurre cuando el resto decide que no es asunto suyo.

Ahí es donde comienza el vacío moral. Ahí es donde la patria deja de doler. Y cuando la patria deja de doler, empieza a desmoronarse.

¡Es cuanto!

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