
Cadena perpetua al Mayo Zambada

Los años viejos del calendario guardan cantidad de fechas sangrientas vinculadas al Cartel de Sinaloa. La omnipresencia noticiosa de estos días alimenta, sin embargo, la impresión de que ahora todo es más violento, peor, más sangriento; de que ya no hay códigos, de que se impone el vive deprisa y deja un cadáver bonito... El pasado se idealiza, cosa extraña, y la década de 1970 y los primeros años de la siguiente aparecen en el imaginario colectivo del mundo criminal en México como un paraíso terrenal, equilibrado, una aspiración, otra expresión de la nostalgia actual por aquellos tiempos, del gusto por lo vintage. La sentencia ahora contra el Mayo Zambada, cadena perpetua, ilumina esta situación, pero engaña a poco que se escarbe.
Zambada nació en 1948 o 1949 en otro México, más cercano a la Revolución y la Guerra Cristera que a los teléfonos inteligentes. Creció en un poblado del sur de Culiacán, El Alamo, y saltó a las liguillas criminales medio de casualidad. El país de su infancia y su juventud era todavía un acertijo. El historiador Pablo Piccato ha escrito en su libro Historia Mínima de la Violencia en México que “el Estado posrevolucionario no pudo fundar una realidad incontestada, más bien se consolidó sobre el entendimiento de que había múltiples formas de entender la ley”. Traficar con droga no implicaba una decisión moral: dirimía el dilema entre sobrevivir y dejarse morir, o malvivir haciendo cualquier cosa. Que fuera o no legal escapaba a la toma de decisiones.
El reparto agrario generalizado era una novedad en el país, gracias al presidente Lázaro Cárdenas, que había actualizado los postulados revolucionarios de Emiliano Zapata y compañía. Sinaloa aprendía que el agua podía almacenarse para transformar el presente y el futuro, que el campo no era pura subsistencia, podía ser riqueza. El niño Zambada atestiguó los primeros años de funcionamiento de la presa de Sanalona, poblado cercano a El Alamo, que transformó el sur de Culiacán y permitió el despegue de la agricultura a escala industrial en la zona. El Zambada joven vio cómo la presa López Portillo, inaugurada a principios de los 80, completaba la transformación e irrigaba los valles más al sur.
Entre la inauguración de un embalse y otro, Zambada fijó su suerte. Hay biografías que cuentan que entre finales de los 70 y principios de los 80 vivió una temporada en el sur de California, desde donde aprendió a manejarse en la parte norteña del negocio del narcotráfico. Otras señalan que el muchacho se había iniciado años antes en el trasiego de heroína, fruto de las montañas del norte de Culiacán, Badiraguato, sin ir más lejos, cuna de su futuro socio, Joaquín El Chapo Guzmán, y sus primos, socios también, luego convertidos en enemigos, los hermanos Beltrán Leyva. Esos tres apellidos, Guzmán, Zambada y Beltrán, dibujan los tres vértices del triángulo germinal del Cartel de Sinaloa.
Nunca existió un equilibrio idílico entre las aristas, si acaso la certeza de que los grupos periféricos eran peores que ellos mismos. Así ocurrió, por ejemplo, con los Carrillo, encargados del tráfico en Ciudad Juárez, en la norteña Chihuahua, frontera ya con Estados Unidos, enemistados con las tres familias desde 2004. Ese año, sicarios asesinaron a Rodolfo Carrillo Fuentes, grieta definitiva de una alianza nacida años atrás. La guerra entre el Cartel de Juárez y el de Sinaloa, cuyo pico se vivió entre 2008 y 2011, transformó para siempre las lógicas de las redes de narcotraficantes en México, por elementos involucrados, autoridades incluidas, por la carrera armamentística de las facciones y por el desarrollo de grupos especializados en combate, las protection rackets.
Es cierto que la historia de brocha gorda del narcotráfico en México ilumina el advenimiento de Los Zetas como el inicio del cambio, pero en paralelo sucedía lo de Juárez, que en ese tiempo llegó a contar más de 3.000 asesinatos cada año. Y detrás de lo de Juárez, estaban El Chapo Guzmán, disfrutando de la vida en libertad tras su primera fuga de la cárcel, en 2001, y El Mayo Zambada, siempre discreto, nunca detenido hasta el final, en julio de 2024. Violencia y negocio marcaron esos años, al compás que marcaban los dos socios, distanciados al final de los Beltrán, con quienes también se pelearon. En el memorando de sentencia que publicó el Departamento de Justicia esta semana, los fiscales señalaban que el cartel llegó a recibir, cada noche, entre 15 y 20 avionetas, cargadas cada una con entre una tonelada y tonelada y media de cocaína.
Más estrafalario que El Mayo, cegado por el relato de su propia vida, El Chapo Guzmán cayó el primero, el inicio del fin del Cartel de Sinaloa. Las autoridades mexicanas, colaboradoras del grupo en tiempos de Felipe Calderón (2006-2012), de la mano de su zar de seguridad, Genaro García Luna, aceleraron en los años siguientes. Debieron atrapar al Chapo dos veces, la primera se les volvió a escapar, la historia cinematográfica del túnel debajo de una prisión de máxima seguridad. Entre que El Chapo caía y El Mayo aguantaba, los hijos de ambos crecían en el negocio, instalados en coordenadas distintas a las de los padres, ajenos a la lealtad que habían construido juntos.
El epítome de ese alejamiento es la traición de uno de los hijos del Chapo, portador de su mismo nombre, al Mayo. El nunca detenido, siempre discreto, ranchero aficionado, defensor teórico del mundo rural, Zambada, sucumbía a una cacería histórica por una debilidad interna. Después de una carrera criminal de más de 50 años, El Mayo caía en las telarañas del sistema judicial estadounidense, polémica entre polémicas por la manera en que lo hizo, secuestrado supuestamente por Joaquín Junior en Sinaloa, entregado en avioneta a la justicia del país vecino. ¿Organizaron la traición desde EE UU? ¿Aceptaron el secuestro a cambio de beneficios para los Guzmán? Son dudas que permanecen.
La guerra entre los hijos del Chapo y los del Mayo, la respuesta a la traición de los primeros a los segundos, marca la decadencia final del viejo Cartel de Sinaloa, cuya defunción adquiere carácter cuántico. ¿Existe el cartel? ¿Lo que queda, lo que hay, es el Cartel de Sinaloa? Preguntas superfluas frente a la oleada violenta que atenaza a la entidad, dos años que han dejado miles de muertos y desaparecidos. Lo viejo ya no existe, lo nuevo no aparece, todavía bajo el peso de las balas. El mundo del narco transita de lo agrícola a lo sintético. El Mayo no estará allí para verlo.


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