
Por el bien de la educación, primero la política

Nada en Palacio se mueve sin la venia de la presidenta. Y hoy, como hace mucho no se veía, la actitud controladora de Palacio llega a cada despacho y a cada colaborador al punto de comprometer la marcha de todo. Rienda, no correa de transmisión, que solo tira hacia un lado.
Eso que llaman “el estilo personal de gobernar” en Claudia Sheinbaum se ha traducido en un trabajo de escritorio de muchas horas al día. No es raro que algunos colaboradores reciban mensajes desde las cuatro de la mañana (yo he visto algunos), y a veces son más que peticiones.
Leyes secundarias son revisadas párrafo por párrafo por ella y el pequeño grupo que tenga vela en el respectivo entierro; y la mañanera es monitoreada puntualmente en las distintas secretarías por si la presidenta necesita algo en tiempo real, o les envía instrucción directa.
“Yo tengo una característica, soy muy minuciosa”, le dijo a su biógrafo Arturo Cano (Presidenta, Grijalbo, 2024). Si bien minucia puede significar cosa de poco valor, se entiende que minuciosa es detallista, meticulosa, perfeccionista. Y su equipo lo sabe, de sobra.
Y lo domina Mario Delgado, secretario de Educación Pública, que la conoce como adversaria de cuando compitieron por la candidatura de la Ciudad de México en 2017; y que la tuvo de candidata por la presidencia mientras él hacía los enjuagues como gerente del partido.
Delgado tiene, por su parte, una característica. Suele ser considerado un operador eficaz, para bien y para mal. Un subalterno de lujo, un mozo de espadas que no se hace bolas: sacará de la espuerta lo que sea para que su superior se luzca, para que el jefe, la jefa, quede bien.
La combinación de esas personalidades hace prácticamente imposible que, como se dice coloquialmente, Mario Delgado se haya ido por la libre y tras convocar a los 32 titulares estatales de educación, acordara y anunciara un recorte de 40 días de clases al calendario escolar.
Mario es como los viejos priistas: pregunta para no equivocarse. Y ella, la presidenta, como cualquier gobernante, alucina una sorpresa. Y si encima el tema es la educación, con aliados explosivos como la SNTE y el CNTE, un Delgado actuando sin anuencia es inverosímil.
Eliminada esa variable, ¿qué jugada pretendía el Gobierno de Sheinbaum calando a la sociedad a ver si aceptaba que las y los niños y adolescentes perdieran porque sí el 15% de las clases obligadas con el pretexto del calor, y del Mundial?
El 7 de mayo la Federación impuso a los estados —aun con el pataleo de Jalisco, por ejemplo— un recorte escolar inopinado porque prefirió la política a la educación. Quiso ahorrarse de un golpe varios dolores de cabeza, y no le habría importado que el costo lo pagaran los niños.
Es sabido que el Gobierno de Claudia Sheinbaum batalla para guardar las apariencias sobre lo que pasa en la capital de la República. El Gobierno de Clara Brugada es una gran interrogante en cuanto a la logística en movilidad y seguridad durante el inminente Mundial.
La propia Brugada ha dicho que lo mejor sería que muchos de los capitalinos se queden en casa en esas fechas. La declaración, además del reconocimiento de una insuficiencia, pega en dos ejes: ser chilango es moverse, y mucho, y diario; y un Mundial se vive en la calle.
El Gobierno federal tiene focos rojos en el aeropuerto capitalino —con obras a marchas forzadas desde hace meses pero con grandes dudas a cuatro semanas de la inauguración mundialista del 11 de junio— y en la movilidad en una urbe donde, como mucho, se avanza a espasmos.
Del tema de que la FIFA ha pedido —de hecho, exigido por contrato— a los gobiernos que prohíban e impidan vender mercancía con motivos del Mundial no autorizada a cientos de metros a la redonda de la sede mundialista o de eventos oficiales, de la inviabilidad de ello en una capital que tiene en mercados de fayuca el corazón, y en los tianguis de todo tipo de productos las arterias, de su espíritu festivamente clonador, habrá que hablar luego.
Por lo pronto, la decisión que Mario Delgado intentó acarrearía la ganancia extra de que Brugada y Sheinbaum tendrían una razón menos para tensar su nada sencilla relación si se vaciaban las calles decretando un megaferiado escolar de cinco semanas y media.
El tsunami de rechazo causó un estruendo mediático y en redes pocas veces visto en el pasado reciente. Y tampoco tomó vuelo la otra gran pretensión, esa de que con las calles vacías se haría más sencillo lidiar con potenciales protestas o paros, como el de la CNTE.
Los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, que desde hace meses sostienen un pulso con la presidenta Sheinbaum en demanda de la derogación de una ley de pensiones, vio en el intento de suspensión una maniobra poco aseada.
De forma que nadie se congratuló de la medida anunciada oficialmente por Delgado el jueves. Y hasta el diario La Jornada, al que nadie puede acusar de anticlaudista, preguntó en sus páginas que qué necesidad había de generar un problema donde no existía.
La única que defendió a Delgado fue Claudia Sheinbaum. Y la manera en que lo ha hecho es igualmente sintomática: tratando de quitarle responsabilidad y depositar esta, o al menos diluirla, en los correspondientes encargados estatales de educación, de quienes ha dicho que fueron promotores de la medida y que la aprobaron por unanimidad. Dudoso.
El corolario del nuevo sainete en el Gobierno de Claudia y uno más en la Secretaría de Educación Pública, no puede ser otro que uno donde se establezca que la Administración Sheinbaum no dudó al tratar de evitar que México sea mal ejemplo de desorganización y caos en las calles mundialistas de la capital; y si para enmendar lo que no se preparó en cuanto a infraestructura y logística, si para disfrazar ruidosas expresiones de lo que no se planchó políticamente (atender y negociar con madres buscadoras a las que la presidenta no se digna recibir, por ejemplo), si el Mundial vale una misa, entonces es muy poco mandar a su casa a millones de estudiantes.
La casi unánime respuesta de rechazo (la excepción más notable, el sindicalismo charro del SNTE que, acomodaticio como es, pecó de mustio en esta crisis) obligó a la SEP a mantener a los estudiantes en los pupitres. Y ojalá que el Gobierno tome minuciosas lecciones políticas que no sean a costa de la educación de los niños mexicanos.








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