Firewall ciudadano: claves y controles. Del silbatazo final al peaje festivo: la política como trámite.

En política, como en el fútbol, hay derrotas que enseñan… y otras que exhiben. Esta parece pertenecer, sin mucha discusión, a la segunda categoría.
 
Opinión10 de abril de 2026 Miguel Allende Foulques

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Hay noches en que el fútbol parece escrito por un asesor leal y optimista. La Final 1999 de la UEFA Champions League es una de ellas. El Bayern Munich hizo todo lo necesario para ganar: anotó temprano, controló el ritmo y administró el partido con eficiencia alemana. A falta de minutos, todo indicaba que el trámite estaba concluido; incluso daba la impresión de que lo único pendiente era levantar la copa.

El problema es que el partido no había sido notificado de su final anticipado. Del otro lado, el Manchester United tuvo la mala y mezquina educación de insistir e insistir y seguir insistiendo. Y en dos jugadas, ya en tiempo agregado, convirtió la lógica en anécdota y la certeza en papel mojado. El Bayern, que había hecho casi todo bien, descubrió que en el fútbol —como en otros asuntos más serios— no basta con merecer. Cuando Pierre Luigi Collina pitó el final, el resultado no solo había cambiado el marcador: había cambiado la narrativa.

En política, como en el fútbol, hay derrotas que enseñan… y otras que exhiben. Esta parece pertenecer, sin mucha discusión, a la segunda categoría.

El reciente tropiezo en la reforma electoral planteada originalmente no fue un accidente meteorológico ni un capricho del destino -aunque siempre hay quien le rece y dance a la lluvia-. Fue, más bien, el resultado de creer que el músculo sustituye al diálogo y que la mayoría alcanza para todo, incluso para evitar pensar. Porque sí, gobernar también implica pensar, aunque a veces incomode.

Se intentó jugar un partido sin considerar al adversario, como si la cancha fuera propia y el árbitro un detalle decorativo. Pero la política, esa vieja dama que no perdona frivolidades, terminó recordando que sin negociación no hay victoria duradera, apenas triunfos efímeros que se disuelven al primer silbatazo serio.

Lo más delicado no es la derrota en sí, sino la soledad que la explica. No la soledad romántica del líder que decide contra todos - esa que tanto seduce a los discursos -, sino la otra: la del poder rodeado de voces que asienten, pero no alertan. Porque alguien debió decir: “esto no va a salir bien”. Y si lo dijo, peor aún: no fue escuchado.

Maticemos. ¿Fallaron las voces al oído y los operadores por incapacidad o por lealtad mal entendida? Porque en política también existen fidelidades que terminan siendo formas elegantes de abandono. Y el silencio, ese recurso tan socorrido para cuidar la silla, suele ser el primer síntoma de que algo se está pudriendo… con la debida discreción institucional, por supuesto.

La apuesta legislativa terminó pareciendo más una aventura que una estrategia: precipitada, confiada en inercias, ajena a los costos. Como si el calendario electoral no existiera o, peor, como si pudiera domesticarse a voluntad. Pero como dicen los del colmillo largo y retorcido, el tiempo político no se domestica: se administra. Y cuando no se administra, cobra intereses.

Detrás de todo asoma una pregunta menos técnica y más humana: ¿qué tanto de esta prisa responde a una inquietud profunda? No a la del ciudadano, que suele encauzarse con narrativa, con discursos, sino a la del poder frente a la posibilidad de quedarse solo, a descubrir que la fuerza no siempre alcanza y que la debilidad, cuando se niega, se multiplica.

Porque gobernar también es aceptar límites. Y entender que la política no es un monólogo con aplausos automáticos, sino una conversación incómoda, llena de matices, donde ceder no es rendirse, sino construir.

El saldo está a la vista: alianzas tensionadas, calendario alterado y una lección que, una vez mas, llega después del examen. Queda ahora lo más difícil: corregir sin admitir del todo el error, recomponer sin parecer débil, y volver a dialogar después de haber despreciado la conversación. No es imposible. Pero exige algo que hoy parece escaso: escuchar de verdad. Y eso, en los pasillos del poder, suele ser más raro que la autocrítica… que ya es decir bastante.

Mientras tanto en Guanajuato… Estábamos tan tranquilos, ocupados en lo de siempre -que si la obra pública, que si los tianguis de enchiladas, que si los semáforos, que si las reformas electorales, que si los semáforos (otra vez)- cuando resultó que el progreso venía con peaje y dedicatoria: colectivos ciudadanos ponen sobre la mesa la entrega a una constructora leonesa de la concesión de la autopista Silao-Guanajuato para que, con ese dinerito asegurado, ahora sí tenga ánimo de construir la vía a San Miguel de Allende. Negocio redondo: cobrar primero, trabajar después, y si se puede, ni sudar.

Los enterados dicen que con lo que ya recauda la autopista alcanza para pedir un crédito y hacer la otra. Entonces uno, que todavía cree en los Reyes Magos financieros, se pregunta: ¿y por qué no lo hizo el gobierno directamente?

Aquí no hay misterio, hay costumbre: beneficios compartidos entre el que decide y el que construye. Al final del sexenio siempre hay quien recibe su recuerdo. Y mientras tanto, la empresa se llevará en unos años más de mil millones que, curiosamente, no pasarán por la caja estatal.

Lo más simpático es que ni en Celaya, Irapuato, León, Salamanca o San Miguel uno paga para entrar. Pero en la capital, por algún capricho geográfico o político o por Ibarguengoitia o Fuentes oHuerta, vaya usted a saber, hay que cooperar para llegar decentemente. El tono festivo y triunfalista del mensaje de la presidente municipal de Guanajuato en las vísperas del día de las flores lo dice todo: Debe ser un privilegio pagar por lo que ya estaba pagado -y agradecer el descuento-.

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