Por qué la ejecución de Manzo hizo crisis

La presidenta no recibió al alcalde Uruapan porque no podía prometerle solución; cómo iba a decirle al pueblo que había escuchado noticias de una realidad distinta a la que promueve

Opinión05 de noviembre de 2025 Salvador Camarena
Salvador Camarena
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Para Claudia Sheinbaum Michoacán es especial. En su juventud, Cherán fue clave. En su campaña, ahí honró al tata Lázaro. Y en los ochenta el ejemplo del ingeniero Cárdenas impulsó su activismo. Ahora, el Estado de Ocampo es el epicentro de su primera gran crisis.

La presidenta de México decidió que una de sus bazas fuera la estrategia de lucha anticrimen. Lógicamente, en la campaña presumía la baja de los índices delincuenciales en la Ciudad de México. Prometió lograr lo mismo a nivel país.

En el arranque del sexenio, mes a mes las estadísticas de la dupla Sheinbaum-Omar García Harfuch abonaron la narrativa sobre un nuevo modelo de combate a la criminalidad con resultados inmediatos. Todo caía como plomada en el agua. Todo, menos la extorsión.

Hay que ser justos y decir que Sheinbaum tiene razón en que la violencia tiene raíces muy añejas, que no empezó con López Obrador y menos en 2024. Y hay que decirle enhorabuena porque ella clausuró el sonsonete de tolerancia que tuvo su predecesor con los criminales.

Lo que la presidenta no pudo prever es que su inicial discurso de éxito estadístico en seguridad se haría añicos por el asesinato de lo más parecido a un símbolo. Como científica viene de un mundo donde los datos suelen desdeñar al relato, y éste se cobra caro ese desdén.

En política, no todo asesinado es igual. A toda víctima mortal se debe trato digno y procuración de justicia; algunas demandan mucho más. Es como si unas crecieran rumbo al panteón. Ésta escapó a la mortaja de estadísticas optimistas y reencarna como reclamo social.

Carlos Manzo, presidente de Uruapan asesinado el sábado en medio de su gente, aún tiene algo que decirle a México. Su voz no se calla desde que las balas le mataron. Su sombrero se ha vuelto instantáneo símbolo de un mártir. Lejos de apagarse, su reclamo resuena.

Tal vitalidad no es solo porque Uruapan es famoso municipio; tampoco obedece a que su viuda ha relanzado el clamor de seguridad que su marido profería; ni a que Manzo tenía una personalidad recia, palabras llanas, valentía probada y un compromiso con su pueblo.

Sumado a lo anterior, esa muerte le hizo crisis a Sheinbaum porque lo que el alcalde asesinado decía —combinación de reclamo de justicia y de hartazgo sin pelos en la lengua— es lo que muchos piensan, en Michoacán y fuera de la tierra de Morelos: que acaso vive el que se somete, el que pacta; que el rebelde será silenciado.

La conmoción es producto de la impotencia. Si matan al que se atrevió a decir que al modelo claudista le sobra autosuficiencia mañanera y le falta diálogo con sociedad y víctimas, qué ha de ser de quienes bajan la cabeza en la esperanza de que Palacio gane la guerra.

Los videos de Manzo cargando a su hijo minutos antes de desangrarse catalizan la frustración de años y sexenios. El hartazgo ciudadano ya estaba a punto de ebullición tras la muerte días atrás del limonero michoacano. Otra víctima que demandaba menos cerrazón.

Una de dos, Claudia Sheinbaum tiene hoy una crisis porque su equipo no le dice la verdad, y/o porque ella no acepta compartir con la sociedad los funestos reportes que le pasan sus colaboradores.

La presidenta no recibió al alcalde Carlos Manzo porque no podía prometerle apertura o solución; no le abrió las puertas porque luego cómo iba a decirle al pueblo que había escuchado noticias de una realidad distinta a la que ella promueve en las mañaneras.

Hoy, con el perdón de la familia de Manzo, no es demasiado tarde para atender las peticiones del alcalde. Nada devolverá a sus hijos al padre orgulloso de su cargo que fue Manzo, pero la presidenta sí puede honrar la memoria del edil cumpliéndole a los uruapanenses.

La crisis tocó este fin de semana los muros de Palacio Nacional y no va a remitir solo con el anuncio de un nuevo plan para Michoacán. Prometer justicia tampoco será suficiente. E insistir en que sí cuidaron al hoy muerto solo hace más grande la deuda del gobierno federal.

Lo que requiere Michoacán es, primero que nada, la verdad. Que —tras escuchar de viva voz, cosa que ya no puede hacer con Manzo, pero sí con los paisanos del presidente ultimado— la presidenta reconozca que una cosa son los planes en lo federal y otra el miedo en lo local.

Este alcalde independiente, que por igual criticó a Felipe Calderón que al gobierno actual, ha heredado a Uruapan una nueva oportunidad. Su viuda estaría por aceptar el reto de recoger la sangre de su marido para presidir a su pueblo. Sheinbaum no puede dejar sola, ni desprotegida, a quien es capaz de anteponer dignidad al miedo.

Michoacán ya poseía una significación especial para la presidenta. Esa tierra de los libres merece vivir en paz. Por esta crisis, el michoacano Manzo ya es parte de la biografía política de Claudia. De ésta depende que esa muerte sea muy lamentable, mas no en vano.



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