
Firewall ciudadano: claves y controles. El éxodo en el INE

En los pasillos del Instituto Nacional Electoral, donde alguna vez resonaron las certezas del orden y la democracia, se escucha ahora un rumor de pasos que se alejan. Casi mil trabajadores, cansados de custodiar los folios de la voluntad popular, han decidido marcharse por la puerta del retiro voluntario, ese invento piadoso que disfraza de libertad lo que en el fondo se piensa como urgencia presupuestal.
Les espera una recompensa modesta —tres meses de salario, veinte días por año y una partida sin aplausos—, financiada con una bolsa de cien millones de pesos. Las cifras, en apariencia frías, laten con ironía: el Estado premia el adiós más que la permanencia; la novatez moldeable sobre la experiencia y le ética incuestionable. No, no es un error, sino la esencia del plan: sustituir un cuerpo técnico e independiente por uno más dócil y politizable. Los más veteranos tendrán prioridad, quizá porque aprendieron antes que nadie que los templos de la democracia también se derrumban a punta de recortes.
La secretaria ejecutiva, Claudia Arlett Espino, confiesa, sin sorpresa, que el éxodo superó toda expectativa: “Es un esfuerzo mayor al que esperábamos”. Y cómo no habría de serlo, si la reforma electoral que se anuncia —esa espada de Damocles que pretende adelgazar el aparato político— ha convertido el retiro en un acto de prudencia.
En Guanajuato la información fluye al ritmo del Vocal Ejecutivo, lenta e imprecisa, se habla de 45 trabajadores que se han inscrito al programa de retiro, entre personal de la rama administrativa y vocales, algunos presionados por las exigencias de Verónica González Gamiño, la Vocal Local del Registro Federal Electoral (área que tiene a su cargo la elaboración de las credenciales), quien no termina de encajar entre un grupo de vocales eficientes y extremadamente técnicos con poca inclinación a hacer de su trabajo un enclave ideológico del feminismo ultra, su prioridad es mantener la productividad que exige la ciudadanía y los partidos. La presión no ha sido menor, la salida abrupta del Jefe de Oficina (una persona con más de 20 años en el servicio), en días pasados así lo confirma.
La reforma, dicen los voceros del Poder Ejecutivo, busca eficiencia; la realidad muestra otra cosa: una emigración silenciosa, pero significativa, de quienes conocían los engranajes del aparato electoral; con ello se dibuja un INE más ligero, menos custodiado, sin duda más vulnerable.
Cuando los veteranos dejen sus oficinas el 31 de diciembre, quedará un Instituto distinto: uno donde los ecos de la burocracia se mezclan con la memoria de quienes, durante años, contaron votos y silencios con igual celo. Y en esa mezcla, la ironía persiste: la democracia sobrevive, pero sus guardianes ya han cobrado su indemnización. El INE asiste a su propia metamorfosis: menos guardianes para la misma urna. Tal vez, cuando los veteranos empleados entreguen su gafete, alguien escriba en los archivos: aquí se custodiaron los votos, y también los silencios de un país que aprendió a contar sin contar demasiado.
Mientras tanto en Guanajuato… horas bajas se viven en la Junta Local, pobre del Vocal Ejecutivo, ese Prometeo menor encadenado al teléfono, cuyo único tormento es convocar a una divinidad que nunca desciende del Olimpo. Por enésima ocasión, su ruego se estrelló contra el impasible "no" de la consejera presidente Guadalupe Tadei. Con el tinglado armado, ni siquiera el señuelo de la propia gobernadora Libia Denisse, plantada como un estandarte en la conmemoración de los 72 años del voto de la mujer, logró ablandar el hierro del desdén de Tadei. Ahí reside la verdadera medida de una incapacidad: cuando ni el rango ni el simbolismo logran conmover el ánimo de quien debería estar. El necesitado Juárez Jasso debe de escuchar, en sus pesadillas, el eco de esa negativa perpetua. La forma es fondo, sentenciaría con razón Don Reyes, y este esperpento no pasó desapercibido para los halcones políticos que olfatean la sangre en el agua; y el fondo de este sainete es la absoluta irrelevancia de quien pretende mandar sin conseguir siquiera una mirada complaciente. Tras bambalinas, el mariachi, siempre lúcido, afinaba la vieja tonada de las aves viajeras. Porque algunas, al parecer, tienen el nido en ninguna parte.


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