
Ángel Dimas: el charro que quiere vender futuro después de perder el presente
Héctor Andrade Chacón
Ángel Dimas: el charro que quiere vender futuro después de perder el presente
En Silao, el dirigente local de la CTM-SITIMM pretende colarse a la ruta electoral del PRI, pero carga con el desgaste de una representación sindical señalada por prepotente, derrotada en General Motors y cuestionada por trabajadores que ya no creen en los viejos pactos de escritorio
En política hay perfiles que suman, perfiles que dividen y perfiles que, antes de llegar, ya representan un costo. Ángel Dimas Ibarra pertenece a esta última categoría.
En Silao se comenta que el secretario general de la CTM-SITIMM Silao-Romita quiere meterse en la lista de aspirantes del PRI a la Presidencia Municipal. No necesariamente porque crea tener posibilidades reales de ganar una candidatura mayor, sino porque la política local conoce bien esos amagos: levantar la mano para negociar, hacer ruido para cobrar silencio, colocarse en la vitrina para terminar sentado en la primera regiduría de una planilla.
El problema no es que aspire. En democracia, cualquiera puede hacerlo. El problema es qué representa.

Y Ángel Dimas representa, para muchos trabajadores del corredor industrial, una de las caras más ásperas del viejo sindicalismo: el que habla de defensa obrera en los discursos, pero que en los hechos ha sido acusado de pactar demasiado con las empresas y escuchar muy poco a quienes dice representar. El sindicalismo de membrete, de oficina, de camioneta, de fotografía con autoridades y de mano dura contra los disidentes. El sindicalismo que confundió durante años la estabilidad laboral con el control político de los trabajadores.
Silao no es cualquier municipio. Es uno de los corazones industriales de Guanajuato y del país. Ahí late una parte fundamental de la industria automotriz nacional. Ahí se produce riqueza, se mueven cadenas de proveeduría, se definen relaciones laborales que interesan incluso fuera de México. Por eso, quien pretenda hablar en nombre de Silao no puede cargar con la sombra de haber sido parte de una estructura sindical derrotada justamente donde más debía mostrar músculo: en General Motors.
La pérdida del contrato colectivo en GM Silao no fue un tropiezo menor. Fue una sacudida histórica. Fue el mensaje de miles de trabajadores que, con voto libre, directo y secreto, le dijeron a la CTM que ya no querían seguir bajo su tutela. Fue la derrota simbólica de una forma de control sindical que durante décadas se sostuvo más en la inercia, el miedo y los acuerdos de cúpula que en la confianza real de la base trabajadora.
Y si un dirigente no pudo conservar la confianza de los trabajadores en el corazón automotriz de Silao, ¿con qué autoridad pretende ahora venderse como solución para los problemas de todo el municipio?
Esa es la pregunta incómoda que debería hacerse el PRI antes de abrirle espacio a un personaje así.
Porque una cosa es necesitar cuadros competitivos rumbo a 2027 y otra, muy distinta, reciclar figuras que huelen a pasado rancio. Si el PRI de Guanajuato quiere regresar a la competencia electoral, como lo ha dicho Ruth Tiscareño al construir nuevas estructuras territoriales y políticas, tendría que cuidarse de no cargar cadáveres políticos ajenos. Y el charrismo sindical, por más estructura que prometa, es una losa demasiado pesada.
Ángel Dimas no llega solo con ambiciones. Llega con antecedentes.
Se le recuerda por el episodio en Minibea México, donde representantes de la Casa Obrera del Bajío señalaron públicamente amenazas e insultos atribuidos al dirigente cetemista. No se trató de una diferencia elegante entre corrientes sindicales, sino de la postal de un viejo método: intimidar al sindicalismo independiente para impedir que hable con los trabajadores. Esa es la escuela que Silao ya no debería tolerar.
También se le recuerda por advertir que recuperaría “a como diera lugar” el contrato colectivo de General Motors. Pero el tiempo pasó y la realidad fue otra: la CTM quedó fuera, SINTTIA se consolidó como representación laboral y Dimas no apareció como el gran recuperador que prometía ser. En política, como en el sindicalismo, no basta con bravuconear; hay que entregar resultados.
Y resultados, precisamente, son los que no puede presumir.
La paradoja es grotesca. Mientras trabajadores de distintas empresas buscan alternativas sindicales, mientras en el sector automotriz se abre paso una nueva cultura laboral, mientras el T-MEC obliga a respetar derechos de asociación y negociación colectiva, Dimas pretende venderse como perfil público para atender los problemas de Silao. ¿Cuáles problemas? ¿Los de agua, seguridad, movilidad, servicios públicos, comunidades, colonias, deuda municipal, desarrollo urbano? ¿O los suyos, los de una estructura sindical que ha ido perdiendo terreno frente a trabajadores cansados de ser administrados como clientela?
Porque esa es la sospecha de fondo: que la política municipal no sea para él una vocación de servicio, sino una tabla de salvación. Una manera de cambiar de cancha antes de que el desgaste sindical le cobre factura completa.
Su ánimo, dicen quienes conocen las entrañas cetemistas, creció con la llegada de Tereso Medina a la dirigencia nacional de la CTM. Medina, coahuilense, líder de la SITIMM y figura de largo recorrido en el sindicalismo priista, asumió la conducción nacional de la central obrera en un momento en que la CTM intenta vender renovación, transparencia y modernidad. Pero el discurso nacional se estrella en lo local cuando personajes como Dimas encarnan exactamente aquello de lo que la central dice querer alejarse.
Tereso Medina estuvo en Guanajuato a finales de abril, en el marco de las ceremonias por el Día del Trabajo, junto con Alejandro Rangel y la gobernadora Libia Dennise García Muñoz Ledo. La visita era obligada: Guanajuato no es un territorio secundario para el sindicalismo automotriz. Aquí se juega buena parte de la narrativa laboral del país. Aquí la CTM puede demostrar si entendió el mensaje de General Motors o si seguirá creyendo que el trabajador moderno puede ser tratado como tropa.
Alejandro Rangel, por su parte, ha sido una figura clave en la consolidación de la SITIMM en Guanajuato. Pero dejar en manos de Ángel Dimas la operación de Silao-Romita parece haberle traído más dolores de cabeza que dividendos. Porque Dimas no proyecta renovación; proyecta resistencia al cambio. No transmite apertura; transmite cerrazón. No parece puente con los trabajadores; parece aduana.
Y así no se reconstruye confianza.
Mucho menos se construye una candidatura.
En el PRI de Silao, según versiones internas, se buscan perfiles más sanos para la elección de 2027. Ahí aparece con ventaja Norma Concepción Parra Rocha, dirigente estatal del ONMPRI, quien se ha movido dentro de las nuevas estructuras tricolores, incluidas las llamadas “Defensoras de Guanajuato”, como parte del intento del partido por volver a tener presencia territorial, narrativa y electoral.
Si esa ruta se confirma, la fórmula tendría lógica política: una mujer al frente, un hombre en la sindicatura única y, por paridad, la primera regiduría tendría que ser para mujer. En ese acomodo, la segunda regiduría podría quedar para el actual presidente municipal del partido, Daniel Santibáñez. Es decir, el espacio que Dimas sueña negociar no necesariamente existe para él. Y si existiera, habría que preguntarse si al PRI le conviene pagar el costo de entregárselo.
Porque Ángel Dimas no es un obrero de base que emerge con legitimidad social. Es un dirigente sindical cuestionado. Es un representante de ese charrismo que convirtió la defensa de los trabajadores en moneda de cambio. Es una figura que pretende brincar de la estructura sindical al Ayuntamiento sin haber resuelto primero su propia crisis de credibilidad.
Además, está el antecedente de su participación en el Consejo Directivo del SAPAS. Haber estado cerca de un organismo público no convierte automáticamente a nadie en experto en gobierno municipal. Menos aún cuando Silao requiere perfiles con capacidad técnica, sensibilidad social y autoridad moral. No basta sentarse en un consejo para decir que se entiende la ciudad. Silao no necesita funcionarios de membrete ni regidores decorativos. Ya ha tenido demasiados.
Lo que está en juego no es solo una candidatura. Es el mensaje que el PRI quiere mandar.
Si el PRI quiere competir en serio en 2027, debe entender que no puede hacerlo con estampas del viejo régimen sindical. No puede pedirle confianza a la ciudadanía mientras abre la puerta a personajes que evocan amenazas, derrotas obreras y pactos cupulares. No puede decir que busca renovación y, al mismo tiempo, coquetear con figuras que representan el pasado que los propios trabajadores empezaron a desmontar desde las urnas sindicales.
Ángel Dimas podrá tener estructura, contactos y padrinos. Podrá presumir cercanía con liderazgos sindicales. Podrá levantar la mano y dejar correr la versión de que quiere ser candidato. Pero hay una diferencia enorme entre tener ganas y tener estatura.
Silao necesita perfiles que entiendan el municipio, no personajes que lo vean como refugio. Necesita liderazgos con calle, no operadores de pasillo. Necesita representantes públicos que defiendan a la gente, no dirigentes señalados por haber fallado en la defensa de los trabajadores.
La CTM nacional dice querer renovarse. Tereso Medina habla de transparencia, modernización y respeto a la democracia sindical. Muy bien. Entonces el primer examen está en casa: revisar a sus liderazgos locales, medir resultados, poner límites a quienes cargan más soberbia que legitimidad.
Y el PRI, si de verdad quiere regresar a la competencia, debería hacer lo mismo.
Porque en Silao, Ángel Dimas no sería una candidatura: sería una advertencia.
La advertencia de que algunos no entendieron nada. De que todavía creen que la política municipal puede usarse como premio de consolación para dirigentes sindicales desgastados. De que aún hay quienes piensan que una regiduría se negocia como si fuera contrato colectivo, entre acuerdos oscuros y cuotas de poder.
Pero Silao ya cambió. Los trabajadores ya aprendieron a votar contra quienes no los representan. Y los ciudadanos también pueden hacerlo.
Al PRI le toca decidir si quiere competir con futuro o cargar con un charro del pasado.





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