
Firewall ciudadano: claves y controles. La nueva aritmética: cómo ganar dos veces quedando en segundo lugar

El miércoles 25 de febrero, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó en su conferencia matutina los 10 puntos clave de su reforma electoral. Entre toda la letra menuda, hay un cambio que debería importarnos a todos: cómo se elige a quienes nos representan en el Congreso. Sobre dicha propuesta y a vuela pie, basaremos la entrega de este día.
Hoy tenemos 500 diputados: 300 se eligen directamente en cada distrito (gana el que más votos tiene) y 200 se asignan según el porcentaje de votos de cada partido. Es lo que llamamos representación proporcional, un mecanismo para equilibrar la balanza.
La propuesta de Sheinbaum mantiene esos 500, pero cambia las reglas del juego de esos 200. Introduce lo que podríamos llamar "mejores perdedores": candidatos que quedaron segundos en su distrito, pero con buena votación podrían colarse al Congreso… por la puerta de atrás.
Suena bien: premiamos a quien compitió fuerte, anduvo en campaña y la ciudadanía lo reconoce aunque… perdió. ¿El problema? Que eso no necesariamente corrige la sobrerrepresentación (la cual, por cierto, no fue abordada). Al contrario: si un partido grande queda segundo en muchos distritos, puede acumular más curules de las que le corresponderían por votos. Los especialistas llaman a esto "ambiguo": no es un sistema mayoritario puro ni proporcional puro, sino un híbrido raro.
¿Qué se consigue con esta mezcla? Por un lado, se premia el mérito individual. Las listas cerradas, donde los partidos meten a sus preferidos sin que los conozcamos, pierden peso. Eso puede ser sano.
Pero el reverso de la moneda nos alerta: también incentiva campañas hiperpersonalizadas. El candidato trabaja para su propio beneficio, no para el proyecto de su partido. Y si además el partido dominante (Morena, en este caso), tiene estructura para quedar segundo en todos lados, puede salir doblemente beneficiado. (y sin siguen sin aparecer los mecanismos para evitar la sobrerepresentación).
En el Senado el cambio es más drástico. Hoy son 128: 64 de mayoría, 32 de primera minoría (el segundo lugar en cada estado) y 32 de lista nacional. La reforma elimina estos últimos. Se quedarían en 96: solo mayoría y primera minoría. Traducción: menos pluralidad, más peso para el partido que gana estados. El contrapeso federal se debilita. Y, por supuesto, los mecanismos para evitar la sobrerepresentación, no son asunto que interese para integrar el Senado.
Lo rescatable: mantienen la paridad de género y dan 8 escaños a la diáspora de mexicanos. Pero ojo, porque ordenar a los "mejores perdedores" sin romper la regla de hombre-mujer puede acabar en el tribunal. Y el tema de los mexicanos que abandonaron su lugar de origen y ahora podrían tener la oportunidad de participar como candidatos, no se ve con claridad: ni técnica ni política. (habría que echar un vistazo a la experiencia vivida en las entidades que han optado por esa modalidad de representación, y los resultados obtenidos con un representante popular alejado de su territorio, que por acá sabemos de eso).
En resumen: lo que conocemos hasta el momento es una reforma a la representación popular sofisticada sobre el papel, pero que orienta hacía la concentración de poder. Lo que debería ser un mecanismo para corregir distorsiones puede terminar premiando al partido grande. Y cuando las reglas las escribe quien va ganando, conviene leer la letra pequeña. Falta saber que dirán los aliados PT, PVEM y… porque no: MC.



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