La frontera aguanta el pulso del primer año de Trump: “Ya pasó el shock”

Una Ciudad Juárez vacía de migrantes, con un tejido industrial en reconfiguración y con los esfuerzos volcados en contener secuestros muestra su flexibilidad ante la inestabilidad del presidente de Estados Unidos.

Política20 de enero de 2026 El País
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Yoselin López llegó a Ciudad Juárez en un “mal día”. El 20 de enero de 2025, esta joven hondureña, que llevaba de la mano a su hijo Mateo, de 2 años, y estaba embarazada de siete meses, puso un pie en esta frontera. A los tres días tenía su cita para pedir asilo en Estados Unidos. Habían salido de Tegucigalpa y llegado muertos de frío en el tren que cruza México y al que todos llaman La Bestia. Los recibió una ciudad bajo cero, con el aliento contenido. A medio día estalló el shock. En los primeros minutos de su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump canceló la plataforma que servía para pedir refugio e inició lo que todos ya sabían que quería: un Estados Unidos sin migrantes. Un año después, Mateo corretea con un abriguito de dinosaurios en la entrada de la catedral, Santiago mira con ojos grandes desde los brazos de su madre, y Yoselin, que tiene solo 23 años, espera un vuelo humanitario que los repatrie a Tegucigalpa. Es mucho decir, pero lo peor aquí ha pasado ya.

No es la frontera un trozo de tierra. Parece un cerebro compartido, una materia moldeable rasgada por un muro metálico. Un mismo territorio en dos partes; ambas se enroscan y se estrujan. Fue aquí el golpe inicial. Donald Trump firmaba su primera batería de medidas presidenciales en Washington y la migrante colombiana Margelis Tinoco se desplomaba a la entrada del puente fronterizo que une Juárez con El Paso al ver su futuro hacerse añicos. El presidente republicano amenazaba desde su nuevo trono —con aranceles, con quitar el derecho por nacimiento, con intervenciones militares y deportaciones masivas— y temblaban en Juárez migrantes, empresarios y gobernantes. El mensaje se entendió rápido en la frontera, el mundo había cambiado.

Los investigadores estudian la circulación de trenes por Adamuz los dos días previos al siniestro.

Un año después, pasado el miedo, la sensación es otra: ha sido mucho pero podía haber sido peor. “Te das cuenta de que la frontera se adapta, que los efectos se verán más a largo plazo. El pulso político ahora está entre Washington y Ciudad de México; Juárez se queda a la deriva de qué podría suceder entre ellos”, apunta Rodolfo Rubio, investigador en población y migraciones del Colegio de Chihuahua. Así, cree el experto, esta ciudad, de casi un millón de habitantes que ha pasado todas las crisis económicas y de seguridad, demuestra su flexibilidad. El tejido industrial se ha reconfigurado, los deportados no han llegado, los migrantes se han marchado y los esfuerzos están volcados en contener secuestros y asesinatos. En definitiva, la frontera le ha aguantado el pulso a Trump en su regreso a la Casa Blanca.

Ni deportados ni migrantes

Es de noche en el puente fronterizo El Paso Norte. Entre las luces un hombre camina despacio, viste sudadera gris y jeans. Se para frente a una cámara y alza un documento. Es Alfonso, mexicano de 46 años, originario de Zacatecas, aunque no tiene familia ni allí ni en ninguna parte de este país que lo vio nacer y también lo vio marcharse hace tres décadas. Debe enseñar su documento de deportación. Fue detenido en El Paso, donde ha vivido y trabajado todo este tiempo. Se sentía mal y llamó al servicio de emergencias de Estados Unidos, pero en vez de mandarle una ambulancia, le enviaron a la policía. Este tipo de operaciones, explica Enrique Serrano, que dirige el Consejo Estatal de Población de Chihuahua, han empezado a verse en las últimas semanas en El Paso. “Se están dando redadas donde no se daban”, señala. Alfonso va a quedarse en Juárez, con un objetivo que no esconde, quiere regresar en cuanto pueda a donde construyó la vida los últimos 30 años.

Las cifras de la Unidad de Política Migratoria, que depende de la Secretaría de Gobernación federal, no engañan: en 2025 se ha deportado al número más bajo de mexicanos de la última década. Son 144.000, 62.000 menos que el año anterior y casi la mitad que los de 2022. Las anunciadas deportaciones masivas de Trump, hasta el momento, no han sucedido. Así se quedaron como un cascarón vacío las carpas de emergencia que instaló hace justo un año el Gobierno en la frontera. Tenían capacidad para 5.000 deportados —mexicanos— de forma simultánea. “En todo el año debieron albergar a unos 3.000”, resume Serrano, que fue también alcalde de Ciudad Juárez: “Las quitaron en diciembre porque ya no había necesidad”.

Esa fue, por suerte, una de las amenazas incumplidas del presidente. Pero Trump sí eliminó la aplicación CBP One para pedir asilo y también el programa del parole humanitario, lo que ha convertido en imposible la petición de refugio en Estados Unidos. El terror y la militarización del republicano se han encargado del cruce ilegal. Las cifras de la patrulla fronteriza reflejan una caída de más del 90% en las detenciones de migrantes, lo mismo que las del lado mexicano. Fueron 145.000 migrantes irregulares registrados por la Secretaría de Gobernación en todo el 2025, cuando superaron el 1,2 millones solo un año antes. “La gente ya no se acerca a la frontera”, dice Rodolfo Rubio, “se ha cerrado cualquier vía de entrada a Estados Unidos”. “Todos los flujos desde el sur están detenidos”, resume José Fierro, pastor del albergue El Buen Samaritano. En su complejo, que tiene capacidad para 260 personas, hay ahora exactamente cinco. Ni en la primera presidencia de Trump vio números tan bajos. Ahí, reconoce, las dinámicas eran otras, las esperanzas de futuro también.

El efecto Maduro

Cristina Coronado, que coordina el espacio humanitario de la Catedral, calcula que en Ciudad Juárez deben quedar ahora unos 1.500 migrantes, que están en proceso de legalizarse en México. Algunos confían en entrar en tres años cuando se vaya Trump, otros se han asentado con la esperanza de regresar con algo más que las manos vacías a su país de origen. Así está Almary Ruiz, de 45 años, de San Antonio, en Venezuela, que está ahorrando para una moto con la que trabajar cuando vuelva. “Yo ya pensaba en regresarme pero ya con lo que pasó de Maduro...”, dice la mujer, que vive en Juárez ahora con su hija de siete años: “Trump nos cerró la puerta a más de uno para entrar a Estados Unidos, pero mira, abrió Venezuela”. Tanto ella como Antonio o Nerleschka, todos de Venezuela, son conscientes de que la situación está cambiando, pero es todavía “un proceso”.

Ellos son casi los últimos. El 90% de los que estaban en la localidad fronteriza se han marchado, bien se han regresado a sus países de origen o han emprendido el viaje de reversa y esperan en algún punto del sur de México. Los que se han quedado en Juárez sobreviven de pequeños empleos en fábricas, tiendas o en la construcción. Nerleschka Silva, que tiene 17 años y es de Yaracrui (Venezuela), piensa en la vida que tienen otras adolescentes, mientras ella empaca, a veces, cuando la llaman, chiles por 600 pesos (unos 30 dólares) al día.

La mayoría de los migrantes ha conseguido salir de los albergues y viven en departamentos rentados, donde llegan a pagar hasta 2.400 pesos (unos 120 dólares) por dormir en la cocina. Así estaba Sol Petit, hasta que consiguió regularizar su situación y mudarse a un pequeño apartamento. Desde allí cose, cuida de una perrita de apoyo emocional y espera la oportunidad de reencontrarse con sus hijos, que cruzaron justo antes de Trump al otro lado de la frontera. “Quedarme no era lo que yo quería, no era mi meta, pero es lo que pasó. No todos logramos el sueño americano, pero hay que seguir luchando”, señala.

Ese ha sido el gran desafío para las organizaciones humanitarias. “El shock inicial ya pasó”, dice Cristina Coronado, “pero este año nos tocó primero con los migrantes asimilar una realidad para la que no estábamos tan preparados”. El parón reveló todas las carencias que no se veían cuando las personas estaban de paso, desde tumores hasta abusos sexuales infantiles. “Han sufrido hasta lo que no, porque el Gobierno no tuvo capacidad para controlar y dejó a los migrantes en las manos de narcotráfico“, apunta la coordinadora de este espacio religioso de ayuda. En este año se han organizado para darles una despensa semanal, asesoría legal para regularizar su situación, talleres de capacitación laboral, ayudarlos a buscar un lugar digno para vivir y también para atenderlos médicamente, además, de escolarizar a todos los niños. Un logro que reconocen las organizaciones y el Gobierno. “Aunque no tengan papeles las escuelas del sistema estatal tienen la instrucción de recibirlos”, señala Enrique Serrano, que critica, por ejemplo, la política federal de haberlos dejado en un “limbo”: “No los saca del país, pero tampoco les dan permiso, los dejan en la indefinición total”.

“Si no los cruzan, los secuestran”

Tanto ellos como el Gobierno reconocen que ya no son cazados por el Instituto Nacional de Migración, pero sí hay un crimen que los persigue: los secuestros. Desde 2021, según datos de la Secretaría de Seguridad, 1.700 migrantes han sido rescatados; muchos otros, como las guatemaltecas Francisca y Mercedes, se escaparon por sus propios medios después de estar meses en las garras del crimen organizado y no aparecen en ninguna estadística. Pero ahora, ante el cierre de la frontera, estos secuestros se han convertido en el modus operandi actual de los traficantes de personas, según identifica las organizaciones humanitarias como el Gobierno.

“Son las mismas bandas que se dedicaban a traficar migrantes, pero como bajó el volumen de su negocio, ahora los engañan diciéndoles que todavía hay posibilidades de cruzarlos y los secuestran. Es lo único que les queda hacer porque no pueden cobrar por pasar”, apunta Serrano. “Ahorita cruzar es casi una idea impensable, pero ellos [los coyotes] siguen trabajando. Los traen prácticamente a escondidas hasta llegar a Estados Unidos y si no logran cruzar los secuestran”, incide José Fierro. Esa misma nueva táctica la identifican también desde la Secretaría de Seguridad. “El tráfico de migrantes se sigue dando. Vienen ya con un pago, entre los 10.000 y los 15 000 dólares, y entonces llegan aquí y los meten a casas de seguridad. Allí empiezan a extorsionar a sus familiares”, apunta el director de los Centros de Mando C7, Jorge Muro.


Vista del área donde se está construyendo una nueva sección del muro fronterizo en Santa Teresa, Nuevo México, en la frontera entre Estados Unidos y México, visto desde Ciudad Juárez, México, el 16 de enero de 2026.
Nayeli Cruz
El policía afirma que ahora tienen tres horas para dar resultados ante estos secuestros y otros delitos prioritarios. “Antes un secuestro era lo mismo que decir un muerto”, reconoce. Ahora afirma que los números les sonríen más gracias a la plataforma llamada Centinela y las 10.000 cámaras que lleva asociadas, un tercio de ellas mirando a Ciudad Juárez. Esta vigilancia masiva ha llevado a las fuentes de la zona a renombrar a la inmensa Torre Centinela como el próximo Ojo de Sauron.

Una centinela en la frontera

En un terreno pegado a las vías del tren, en pleno centro desecho de Ciudad Juárez, se erige la nueva apuesta de seguridad de esta frontera. La Torre Centinela tiene 25 plantas por arriba —si se cuenta el helipuerto—, y otras tantas por abajo. “Esto es el desierto, entonces los ingenieros escarbaban y solo encontraban arena y arena”, explica el director de los Centros de Mando C7, Jorge Muro. Tuvieron que cambiar de planes y, similar a los pilotes que sostienen al Tren Maya en un tramo del Caribe, apostar por pilares rellenos de concreto; estos son los que amarran a tierra el edificio que va a concentrar toda la información de seguridad del Estado.

No es casualidad su localización. Todas las dependencias del Gobierno de Chihuahua tienen su sede en Chihuahua, a unas cuatro horas de la frontera, todas menos la Secretaría de Seguridad Pública. “Esto es porque el 60% de la incidencia delictiva se concentra en Ciudad Juárez”, dice Muro. Y dentro de la localidad, el centro sigue siendo una de las zonas rojas. Aquí operaba la red de desapariciones y trata sexual que arañó a la ciudad en 2008, a la vista y omisión de los militares del Operativo Conjunto Chihuahua, que convirtieron la localidad en una ciudad sitiada. En esa época, Juárez era la ciudad más violenta del mundo, un título del que ya se despegó, no de su historial feminicida. Los asesinatos y, en particular, los asesinatos de mujeres siguen siendo delitos prioritarios del Gobierno. En los últimos cuatro años se han registrado más de 4.700 homicidios dolosos en la ciudad, según las cifras de la dependencia estatal, esto es todavía más de tres al día.

Hasta la Torre Centinela van a llegar a trabajar también los representantes de las agencias estadounidenses. Personal de la DEA, la Patrulla Fronteriza, la ATF, las Fiscalías de Texas y Nuevo México, la policía de El Paso, van a instalarse en el piso 18 de la torre. “No vamos a compartir bases de datos. Ellos van a trabajar con sus propias herramientas, pero desde aquí”, explica Muro: “Ahorita tenemos coordinación, pero hay que llamarles y luego ellos en lo que consultan, pues se pierde tiempo. Y en ese sentido tenerlos aquí, pues estamos al lado, va a ser en tiempo real”.

Esta colaboración se va a dar en plena pelea de Trump por empujar una intervención militar en el país, una advertencia que también ha impactado a los grupos criminales en la frontera, según apunta el investigador Salvador Salazar de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. “El crimen organizado sigue teniendo presencia, pero también los grupos están actuando como en una especie de contención y cuidado ante la retórica de la intención norteamericana de una intervención directa”, señala. Sobre el peso de los miles de uniformados que Sheinbaum mandó el año pasado a la frontera, Salazar lo considera puramente “simbólico”: “Están distribuidos en algunas zonas fuera de la ciudad, para ser como una contención al narcotráfico o al flujo de personas hacia EE UU. Pero tiene que ver con un mensaje que el Gobierno mexicano busca dar al Gobierno de EEUU de que sí se está actuando que como una acción contundente”.

¿Y los aranceles?

Justo después del llamado por Trump como Día de la Liberación, el economista Felipe Galán se puso a preparar los informes para sus clientes: ¿qué había pasado realmente con los aranceles en medio del show de tarjetitas que había protagonizado el presidente republicano? Galán, director de Información y estadística de Competitividad Laboral, dice ahora que saber exactamente qué pasa con los aranceles es “un charlatán”. El profesor sí sabe cómo ha impactado esta batalla comercial a Ciudad Juárez: “La estructura de los aranceles, sobre todo, ha a reconfigurado nuestro tejido industrial”. Por ejemplo, “la industria automotriz está viniendo una reforma tecnológica de fondo” y el 85% de las exportaciones totales de la ciudad corresponden son electrónicas, porque en la batalla global por la capacidad de cómputo, Trump sigue sin querer prescindir de sus manufactureros más baratos.

“Ellos tienen toda la política orientada hacia allá. Entonces todo lo que tiene que ver con chips, con computación, con servidores para construir centros de datos, ellos van a buscar la manera de fabricarlos al menor costo posible y México sigue siendo esa locación”, apunta Galán. Así, en Juárez no se ha experimentado un cierre de grandes fábricas, pero sí una reducción de sus operaciones, reconoce el economista. La maquiladora agrupa el 60% de los empleos formales de la ciudad, entonces todas sus contracciones son las contracciones de la economía. “Desde que alcanzamos el pico en abril de 2023, el empleo en Juárez está casi en caída libre”, asegura el profesor: “El empleo manufacturero de exportación ha perdido más de 64.000 plazas de entonces a la fecha, que equivale como casi al 20% de los empleos que había en ese momento”.

“Pero, ¿este estancamiento ha sido por un efecto de la política de los aranceles o era la propia dinámica de la industria que se estaba reacomodando?”, pregunta el investigador Rodolfo Rubio, que aboga por abrir nuevas discusiones sobre cuál debe ser el rumbo económico de Juárez: “¿Esta condición en la que ha estado en los últimos 40 años de depender mucho de la maquiladora es el futuro de la ciudad? La ciudad debería estar planteando otros horizontes en la estructura económica, para no depender de la crisis mundiales, o de la política que utiliza Trump".

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