Boric, el momento de la reflexión: “La izquierda que solo culpa al adversario está condenada a diluirse”

El presidente de Chile, que dejará su cargo el 11 de marzo, es una ‘rara avis’ en su espacio político. Conversamos con él en tres encuentros. Trabajará desde la oposición y podría volver a presentarse en cuatro años.

Política11 de enero de 2026 El País
Boric

Nada tienen que ver las finas paredes de las que habla Leonard Cohen en Paper Thin Hotel con estas que hoy escuchan el sonido de uno de los discos más caóticos del genio canadiense. El vinilo de Death of a Ladies’ Man gira en una oficina del palacio de la Moneda, a escasos metros del lugar desde donde, el 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende se dirigió por última vez al pueblo chileno para anunciar que las grandes alamedas volverían a abrirse, antes de quitarse la vida en medio del golpe militar que supuso el inicio de la dictadura de Augusto Pinochet. Gabriel Boric nació 13 años después del bombardeo al palacio. Símbolo de una vanguardia de la izquierda en América Latina, tiene muy presente aquel dolor. En la misma pared donde conserva parte de su colección de discos cuelga una inmensa gráfica que recuerda a los desaparecidos de la dictadura militar. Todo esto ya no estará aquí el próximo 11 de marzo, cuando el que ha sido presidente de Gobierno de Chile desde 2022 termine su mandato con 40 años recién cumplidos. Boric traspasará esta oficina a José Antonio Kast. Y La Moneda, epicentro de la democracia chilena, dejará de ser el lugar de trabajo de un admirador de Allende para convertirse en el hogar del primer mandatario partidario de Pinochet desde el retorno de la democracia en 1990.

Boric es una rara avis en tiempos de megalomanía extrema. Se convirtió en el mandatario más joven de su país —llegó a La Moneda con 36 años—, lo que le acarreó el sambenito de referente de una nueva izquierda. De ambos estereotipos rehúye, porque llevan implícita una condescendencia de la que procura liberarse rápido: “Soy relativamente joven, ya no tanto, pero estoy en política hace mucho. La juventud no es una virtud, hay cosas viejas que valen la pena. Yo no busco ser nuevo. Yo lo que busco es ser coherente”.

Quienes conocen o han tratado de cerca con Boric, sean partidarios o adversarios, le reconocen una genuinidad que se constata a lo largo de las tres largas charlas que mantiene con El País Semanal, antes y después de las elecciones, y que comienza a percibirse desde su propio lugar de trabajo, donde se celebra el primer encuentro, a finales de octubre. Boric acaba de visitar en el Vaticano al papa León XIV —“el líder mundial de un partido de más de 2.000 años como es la Iglesia”—, y llega especialmente interesado en Dilexi te, la primera exhortación apostólica sobre el amor a los pobres. Lee en voz alta algunos párrafos y luego, a petición nuestra, muestra las decenas de objetos que adornan su oficina. Regalos que le entregan en sus giras, fotografías, pósteres, libros apilados y discos —desde Silvio Rodríguez hasta Pink Floyd, y el Kolpez Kolpe, de Kortatu— conviven en este espacio. De entre toda la memorabilia hay algo que uno no esperaría en la oficina de una persona que se declara no creyente desde la adolescencia: una figura de la Virgen María. “Yo no tengo el don de la fe, soy agnóstico”, explica Boric. Pero su madre, Soledad Font, sí es profundamente religiosa. Miembro del movimiento Schoenstatt y madre de acogida de niños que esperan ser adoptados por una familia definitiva, le dejó la imagen en una esquina luminosa del despacho, al lado de una ventana, con una carta manuscrita en la que Font pide por las principales reformas políticas que el Gobierno buscaba impulsar. “Pídele a la Mater, pídele”, le aconsejó en muchas ocasiones.

Fue aquí donde el pasado 15 de diciembre, un día después de las elecciones, Boric recibió a Kast, recién electo tras arrasar con un 58% de los votos a la comunista Jeannette Jara, exministra del actual Gobierno, que logró el 42%. Se reunieron a solas: una conversación “institucional y republicana”, describe el todavía presidente. Evidentemente, uno de los asuntos que primero llamaron la atención del futuro inquilino de La Moneda fue la Virgen: Kast, que junto a su esposa, María Pía Adriasola, tiene nueve hijos, son también miembros de ­Schoenstatt, y a buen seguro no esperaba encontrarla en el despacho de alguien ubicado en las antípodas políticas.

En las salas contiguas al despacho, cuatro días después de las elecciones, un niño de ocho años juega con una pelota. Es su hijastro, Vale, hijo de su pareja, Paula Carrasco, con la que el presidente tuvo a su primogénita, Violeta, hace medio año. En las oficinas secundarias se observan cunas y mecedoras que ocupa el bebé cuando visita a su padre. Boric se ha hecho mayor en este cuatrienio. En lo personal: entró en 2022 a La Moneda con una novia, que puso fin a la figura de primera dama y con la que rompió a medio mandato, y dejará el Gobierno en 2026 convertido en padre y con una familia que pretende agrandar: “Me despierto todos los días con una señora de cinco meses de vida que balbucea a mi lado y me regala sonrisas. Independientemente de las circunstancias políticas, mi corazón y espíritu personal está a tope”.

Mucho más cambiado, incluso, está Boric en lo político.

Boric asumió la presidencia el 11 de marzo de 2022. Contra pronóstico, batió en las primarias de la izquierda al candidato del totémico Partido Comunista, y ya en las elecciones de noviembre de 2021 al propio Kast. Fue en los estertores de la pandemia y dos años después del mayor estallido social que haya vivido Chile, cuando el diputado Boric desoyó las órdenes de su partido y se sumó a la firma de un acuerdo por la paz y una nueva Constitución. Era el ofrecimiento que la clase política y el Gobierno de Sebastián Piñera hizo a la ciudadanía para encauzar institucionalmente el descontento. El primer proceso constituyente fue rechazado pocos meses después de que Boric asumiera el poder y después de haberlo impulsado desde La Moneda: “Fue una gran frustración. No respecto a la votación final, sino a la falta de diálogo. Me pregunto permanentemente si podríamos haber colaborado más para que ese diálogo se produjera”. El segundo proceso, con unos postulados antagónicos marcados por la extrema derecha, también fue negado. “El pueblo de Chile fue muy sabio en rechazar ambos textos, porque en ambos procesos quienes tuvieron mayoría trataron de negar a quien era minoritario. Un país no se construye así”.

El proceso constituyente marcó no solo el devenir del Gobierno, sino que supuso un golpe a las expectativas de mucha gente. Los analistas lo mencionan ahora como una de las múltiples causas que han propiciado la victoria de Kast. “La esperanza se vio frustrada y surgió una suerte de escepticismo con la política como entidad transformadora. Una vuelta a la idea de que, si no van a poder transformar las cosas para mejor, lo mínimo que exijo es orden. Creo que no hubo una capacidad de convencer a la mayoría de la población de que podíamos representar un orden deseable. El elemento más significativo en el resultado de las elecciones fue el tema de la seguridad. Pese a que aprobamos más de 70 leyes en esta materia, que mejoramos las condiciones de los Carabineros, no logramos para la mayoría de la población ser lo suficientemente creíbles. La izquierda sigue sin representar el deseo de orden. El orden no tiene por qué ser de derecha. El orden es certeza, es estabilidad. Nadie quiere un país desordenado. Y las elecciones hoy en día se mueven principalmente por sentimientos. Si nosotros en 2021 logramos movilizar la esperanza, ahora la derecha logró movilizar, y no lo digo despectivamente, el miedo al otro, a la delincuencia, a la precariedad económica”.


—¿Cómo explica que el miedo movilice más que la esperanza?

—Porque la esperanza se frustró en los procesos constitucionales y nuestro Gobierno, siendo minoría parlamentaria, logró transformaciones, pero menos heroicas que las que habían despertado el ánimo de cierto sector de la población. Ante la frustración con un proyecto muy transformador surge una demanda por orden que está vinculada a hechos reales. La delincuencia y el fenómeno migratorio son muy reales en Chile.

—¿Y qué reflexión le deja todo esto?

—Que la política democrática no es de heroísmo, sino de consistencia, responsabilidad y transformación real de las condiciones de vida de la gente. Yo puedo tener discursos incendiarios, encontrar antagonistas, prometer cualquier cosa, pero si la calidad de la vida no mejora, es irrelevante.

Boric asegura que cuando llegó a La Moneda en 2022 había “confrontación, un desencuentro prácticamente total” entre los chilenos, y que hoy hay ciertos consensos, como que las políticas públicas que mejor funcionan son las que se hacen con diálogo social o que el crecimiento no es contrario a la distribución, algo que “es positivo que lo asuma la izquierda”. El Banco Central prevé un crecimiento del 2,4% para este año. Durante su mandato, se logró aprobar una ley que instala el máximo de 40 horas de trabajo semanal (en una implementación gradual), impuestos a las grandes mineras, el aumento del sueldo mínimo al equivalente a unos 500 euros (“el más significativo en los últimos 20 años”) o un Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados que reconoce y favorece a las personas —generalmente mujeres— que cuidan a otros de forma no remunerada. También reformó el sistema de pensiones, pendiente hace años. El Gobierno, que quería terminar con las aseguradoras privadas que manejan los ahorros de los chilenos (AFP), cedió hasta llegar a un acuerdo intermedio, inyectando solidaridad al sistema. Mientras, la percepción de inseguridad se ha disparado. Según una encuesta de Gallup, Chile es el sexto país de 144 donde menos personas se sienten seguras al caminar de noche por su barrio. Además, la tasa de homicidios se ha duplicado en los últimos 10 años, en parte por la irrupción de bandas transnacionales de crimen organizado, y la violencia con que se cometen los delitos tiene atemorizada a la sociedad chilena.

“La duda debe seguir a la convicción como una sombra”, escribió Albert Camus en uno de sus textos en la revista de la resistencia francesa Combat. Esta frase se ha convertido en una suerte de leitmotiv para Boric y que repite hasta el punto de disculparse con Nicole Vergara, su incansable jefa de prensa, de tantas veces que la ha debido escuchar. “La gente que más desconfianza me da es quien no duda”, reflexiona cuando se le cuestiona sobre una moderación en su visión tras cuatro años en el poder, que él rechaza: “Uno tiene que estar permanentemente poniendo a prueba ante buenos argumentos sus propias razones. Eso se puede hacer a la vez que uno es coherente y defiende principios y posiciones políticas. Yo empecé el Gobierno siendo una persona que me definía como una persona de izquierda y termino el Gobierno definiéndome como una persona de izquierda”.

La forma en la que Boric concibe la izquierda le ha valido el reconocimiento internacional, también las críticas. La ve como una fuerza política que no vive de señalar culpables ni de refugiarse en la épica, sino que se somete a una revisión constante de sí misma y de su vínculo con la sociedad. Una izquierda que entiende la política como un ejercicio de coherencia y responsabilidad, más atenta a los efectos reales de sus decisiones y no tanto a los gestos heroicos o a la pureza discursiva. Un progresismo que solo puede aspirar a perdurar si es capaz de transformar las condiciones de vida de la gente. Sin autocrítica, consistencia y resultados, su lugar en la historia se volvería frágil. Esa convicción le lleva a no titubear cuando se le pregunta si los errores en la gestión del gobierno han sido determinantes en la derrota electoral de la izquierda y la llegada al poder, por primera vez en democracia, de la derecha más extrema.

—No, no creo que haya alguien a quien culpar. Esto no es un derrumbe. Es importante que exista una revisión, porque la disputa por la hegemonía no es estática. Si la izquierda deja de reflexionar sobre sí misma, sobre lo que pretende representar, evidentemente está muerta. Pero creo que es un error desmarcarse y renegar de lo obrado.

—Mucha gente considera que su legado será dejar en el poder a la extrema derecha.

—A mí no me gusta hablar de mi legado. Yo no estoy preocupado de qué se dice del legado de Boric ni de hablar de mí mismo en tercera persona. Me parece de muy mal gusto. Nosotros recibimos un país quebrado en diferentes dimensiones, particularmente en su animus societatis, y entregamos un país en forma. Recuperamos la confianza en nosotros como país, en nuestros procesos institucionales. Se demostró que Chile resuelve sus problemas a través de la democracia, que a través de la política es posible llegar a acuerdos que mejoren la calidad de vida de las personas. Ese es un legado importante. Chile es un país en forma, con muchos problemas, con muchas dificultades, después de haber estado en una cornisa tras una crisis social muy, muy dura.

El 14 de diciembre, pocos minutos después de constatarse el triunfo de su némesis, Boric llamó a Kast, una escena que pudieron ver en directo millones de chilenos. Otro ejemplo de la institucionalidad y la “cultura cívica” que celebra el aún presidente. “En ese republicanismo hay un valor. La oposición no reconoció el triunfo de Daniel Noboa en Ecuador, Jair Bolsonaro intentó un golpe de Estado contra Lula… La democracia se cuida en cada momento”, apunta Boric.

Habitar el cargo es una metáfora a la que ha recurrido en numerosas ocasiones desde que asumió la presidencia. “Con habitar el cargo me refiero a que no se llena solo con la persona. Chile es un país muy presidencialista y hay que adecuarse a ciertas formas que vienen con el cargo”, explica Boric, quien no pocas veces es mencionado por su look, atípico en el ecosistema presidencial lleno de prejuiciosas tradiciones, por no usar corbatas o por remangarse la camisa y visibilizar alguno de sus cinco tatuajes. “Pero hay otras cosas que hago, como la relación con las instituciones, las Fuerzas Armadas; incluso los decorados, conservar el retrato de O’Higgins [que preside su despacho]. La gente no se relaciona solo con Gabriel Boric, no hay que tomárselo tan personal, se relaciona con el presidente de la República”, afirma.

“Hago un esfuerzo consciente de no tomarlo como una experiencia personal, sino como una responsabilidad colectiva. Es un honor”, añade durante el segundo encuentro con El País Semanal, también en octubre, en un café de Yungay, un barrio nada convencional de Santiago de Chile en el que decidió vivir como presidente. Pronto se mudará de nuevo, junto a su pareja y los dos niños, para instalarse en la casa que compró en San Miguel, zona tradicional de clase media. Al café llega con gorra, gafas de sol y en camisa de manga corta. Pide un cortado sin lactosa. Quisiera quedarse tras la reunión, solo leyendo tranquilo, aunque en esta ocasión se volverá a casa porque su pareja y su hija han pasado mala noche. A Boric no le causa problema: nunca ha dormido mucho, revela. La seguridad que le acompaña es prácticamente imperceptible. Boric acostumbra a andar en bicicleta y trata de perderse en la ciudad. Es una de sus aficiones, con la música, los videojuegos —se compró una PlayStation 5— y estar con la familia. “Nunca la había tenido de esta manera”, dice sobre Paula y los niños.

Si algo le apasiona es la lectura. En los cuatro años de gobierno ha procurado mantener esa voracidad. Durante la primera entrevista, sobre su escritorio hay un ejemplar de El cerebro roto y la generación emergente, El pasillo estrecho y El fin del ‘Homo sovieticus’. Este último, de Svetlana Aleksiévich, lo identifica como uno de los mejores títulos que ha leído en su vida. Al segundo encuentro, en el café de Yungay, llegará con un libro de educación. Y en el tercero, tras la victoria de Kast, sacará de su mochila Por una vuelta al socialismo, de Gerald A. Cohen.

En varios momentos de las conversaciones, Boric insiste en que sus convicciones ideológicas siguen intactas, pero de lo que ya no hay rastro es del diputado Boric que antes de llegar al poder clamó que Chile sería la tumba del neoliberalismo en tanto fue su cuna. “Las frases tan categóricas e hiperbólicas no se llevan tan bien con la realidad”, concede, aunque mantiene que “cualquier perspectiva progresista en América Latina, que es donde el neoliberalismo se instaló muy violentamente, tiene que aspirar a superarlo. Lo sigo pensando y seguimos en ello, a velocidades distintas de lo que nos hubiese gustado”. “Cuando la realidad cambia, uno, manteniendo sus principios, tiene que saber adaptarse a esa nueva realidad, si no es chocar contra un muro. La política no es para mártires ni obtusos. Hay que tener cintura, habilidad, capacidad de adecuarse a las circunstancias. Me enor­gullece que me digan que he sido coherente en los principios y valores que defiendo. Eso va de la mano necesariamente con tener la capacidad de cambiar de opinión, de tener flexibilidad y adaptarse a la realidad, no pretender adaptar la realidad a ideas abstractas. Y ser persistente, a la vez, con que las cosas sí se pueden cambiar, pero no a partir de la base de que son como yo quiero que sean. La política sí puede cambiar el mundo. Pero es una cuestión de largo aliento. Uno ve logros después de años de trabajo”.

Boric es orgullosamente magallánico. A su terruño, como le dice a la punta austral de Chile, que también es la de América, vuelve siempre que puede y su deseo a partir de marzo sería combinar la vida en Santiago con estancias en Punta Arenas, donde nació y creció, aunque eso implica, bromea, una conversación de pareja y no una declaración en una entrevista: “No voy a soltar Magallanes, Magallanes me constituye”. La bandera azul y amarilla de su región le acompaña en la tapa del celular. Allá, o más bien desde Magallanes, comenzó a conocer mundo Boric. Su método era el de tantos niños en los tempranos años noventa: leía a Emilio Salgari, las aventuras de Sandokán, Los piratas de Malasia: “Conozco Malasia sin haber ido nunca”. Antes de llegar a la presidencia, le dijo al reportero estadounidense Jon Lee Anderson que pensaba que podría conocer mundo: había viajado a Disney, a Europa y a Palestina. Mundo ha conocido estos años, pero en muchos casos, como el día que rodeó el Coliseo de Roma, desde la furgoneta, no con el tiempo y la atención que hubiese querido. Paradójicamente, ha sido su política exterior y su posición ante los temas más delicados para la izquierda lo que le han granjeado los mayores aplausos estos años fuera de Chile y por lo que no pocos le quieren ver en un organismo internacional al acabar este mandato, algo que Boric niega rotundamente: “No quiero un cargo internacional”.

Es un líder que no titubea al hablar de genocidio en Palestina y que condenó la invasión a Ucrania, pero sin duda la suya ha sido la posición más frontal que un político progresista haya tenido en las últimas décadas sobre Venezuela. “Resulta desalentador, después del aprendizaje que significó el siglo XX, ver que hoy día desde la izquierda hay quienes repiten los mismos patrones”, se arranca, ya durante el primer encuentro en octubre, cuando se le pregunta por la particularidad dentro de su espacio ideológico. “Venezuela y Nicaragua son el epítome del asunto. Más enredado es el caso de Ucrania. Extrañamente, en América Latina al menos hubo sectores que no fueron capaces de condenar la invasión de Rusia a Ucrania por algún tipo de identificación, no sé si nostálgica, de Rusia con la Unión Soviética o por el conflicto entre Rusia y EE UU. Lo que yo veía es que un país invadía a otro país soberano con pretensión de quitarle territorio, violando el derecho internacional. Y eso, independientemente del color político del líder circunstancial de Ucrania y del líder permanente de Rusia, estaba mal”.

“Yo me siento con total tranquilidad para tener una posición muy firme sobre el terrorismo de Hamás y sobre el genocidio del Gobierno de Netanyahu; sobre la invasión de Rusia a Ucrania y las violaciones a los derechos humanos que cometió el Estado de Chile en contra de su propio pueblo durante la dictadura”, prosigue antes de regresar al quid de muchos de sus argumentos. “Uno tiene que tener el mismo estándar para juzgar los hechos. Si no, uno pierde credibilidad”.

—Usted simpatizó con el chavismo en sus orígenes. ¿Qué le llevó a cambiar de posición sobre Venezuela?

—Hay muchos motivos, teóricos e ideológicos, pero para mí lo más significativo es el éxodo. Un país del cual escapan más de siete millones de personas… Uno no puede defender algo así. Y el ver ahora, este último año, cómo se aferraron al poder de la manera más ilegítima y sin ningún tipo de pudor, me deja claro que es una dictadura. Toda nuestra generación vio con mucha esperanza y entusiasmo el chavismo en 1998. También la integración latinoamericana que promovía Chávez más allá de los excesos retóricos, alguien que se parara firme frente a Estados Unidos. Pero después nos dimos cuenta de que no había habido una transformación económica sustantiva dentro de la misma Venezuela, que se había generado una gran corrupción, que los niveles de pobreza eran radicales y que se habían conculcado todas las libertades con las que uno puede distinguir una democracia.

Esa postura frontal contra Venezuela y también contra Nicaragua lo ha convertido en el dardo favorito del régimen de Nicolás Maduro, cuya captura el pasado sábado hizo que Boric tampoco dudase en criticar el ataque de Trump: “Que un Estado extranjero pretenda ejercer un control directo sobre el territorio venezolano, administrar el país y, eventualmente, como señaló su presidente [Trump], continuar operaciones militares hasta imponer una transición política. Esto sienta un precedente extremadamente peligroso para la estabilidad regional y global”. Si bien Maduro nunca soportó el eco de las palabras de Boric sobre la tiranía, estas no han terminado de resonar en otros líderes progresistas, caso de México, Colombia o Brasil. “Daña a las fuerzas progresistas, sí daña”, admite el presidente chileno, quien asegura entender “el razonamiento lógico por el cual se llega a esas posturas”, aunque no las comparte y eso no les impide ser aliados en muchas otras dimensiones.

—¿Y Cuba? ¿Le complica más la condena?

—No me enreda nada. Cuba vive una situación bastante parecida. Hoy día en Cuba hay escasez de comida, de medicamentos y cuesta moverse en transporte, una parte importante de los jóvenes se han ido. Es muy claro que en Cuba no hay una democracia, es un régimen de partido único, no hay libertad de expresión. Eso desde cualquier punto de vista es una dictadura. La primera responsabilidad es de quienes gobiernan Cuba, aunque no se pueden negar los efectos del bloqueo.

Unos días antes de las conversaciones con el presidente chileno, Boric salió a celebrar el cumpleaños de su hermano menor, Tomás —tiene otro, Simón, periodista—, a un restaurante. En la entrada una mujer de unos 80 años le saludó —“vamos, presidente”— y se quedó hablando con Paula, su pareja. En eso, Boric escuchó que le dice a la señora: “Pero pregúntele a él”, y después de quitarse la vergüenza, la mujer le dijo: “Es que tengo unas vecinas que andan inventando que usted había estado en un psiquiátrico y que lo trataban de loco”.

—Sí, estuve en un psiquiátrico y no estoy loco.

Boric sonríe cuando recuerda la conversación con la mujer. El presidente estuvo internado voluntariamente en 2018, durante tres semanas, para tratar un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) “que estaba muy descompensado”. En aquel momento le encontraron la “alquimia de medicamentos”, como lo denomina. “Una dosis alta que no afecta en nada mi cognición”, afirma. A partir de marzo, dice, entrará en un proceso de revisión. “La salud mental está muy estigmatizada. Si hoy haciendo deporte me hubiese quebrado la rodilla, me hubiese tenido que operar seguramente y nadie lo cuestionaría. Pero si tengo un trastorno, que se trata con una cuestión química, dicen: ‘Este loco está inhabilitado para el cargo”.

La naturalidad con la que habla de la salud mental también se le reconoce más allá de las fronteras de Chile. “No tengo vergüenza de eso. Haber podido hacer de mi experiencia personal política pública y hablar de salud mental ha sido muy liberador para mucha gente. Lo tengo muy asumido y estoy dispuesto al combate contra esos prejuicios. En Chile muere significativamente más gente por suicidio que por asesinato. Y el suicidio es, digamos, la punta del iceberg, porque hay un montón de otros problemas vinculados a la salud mental, que no todos son necesariamente patologías. La salud, al final del día, no es solo la ausencia de enfermedad”.

—¿La victoria de la ultraderecha podría suponer un retroceso en políticas públicas?

—Sería muy difícil, si no imposible, que un Gobierno le quite a la gente los derechos adquiridos después de mucho tiempo de lucha. La gente no lo permitirá. Las mujeres, la sociedad en general, no permitirían un retroceso en el aborto en las tres causales por ningún motivo, o la pensión garantizada universal. Y en salud mental es lo mismo.

Es 18 de diciembre. Han pasado cuatro días de la dura derrota en las elecciones. El ritmo en La Moneda no afloja. Boric profundiza más que en las conversaciones anteriores en la reflexión política.

—¿Cómo se siente? ¿Enojado, preocupado, nervioso?

—En lo político, ocupado. Tenemos diferencias muy sustantivas respecto del modelo de sociedad con el que la derecha ganó. Nuestra ocupación tiene que ser volver a ser mayoritarios. No basta con sentirse bien uno mismo con las ideas que tiene si no son mayoría en la sociedad.

El 11 de marzo, Boric se despedirá de La Moneda. Será, definitivamente, un hasta pronto. La Constitución prohíbe la reelección, pero sí permite volver a postular después de cuatro años. No lo dice y ni siquiera lo insinúa en casi cuatro horas de conversación, pero la historia habla por sí sola: la mayoría de sus antecesores desde 1990 —­el democristiano Eduardo Frei, los socialistas Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, el derechista Sebastián Piñera— han buscado volver y, en el caso de los dos últimos, repitieron en el cargo.

En un Chile gobernado por Kast, lo que está claro es que Boric no dejará ni el país ni la política, aunque por mucho que se le insiste no quiere dar muchos detalles sobre cuáles serán los siguientes pasos: “Es sano que, como expresidente, me mantenga durante un tiempo fuera de la contingencia más inmediata. No voy a ser un comentarista de los inicios del futuro Gobierno. Evidentemente, si hay mentiras o ataques, tendré que defender lo obrado”. En su reflexión sobre los siguientes pasos, Boric desliza un reconocimiento al próximo presidente de Chile: “Una de las cosas que hizo Kast, que por tercera vez se presentaba de candidato, es recorrer todas las comunas. No se trata solo de que hay una ola derechista en el mundo, ni de lo que hizo o no hizo el Gobierno. Hay también un trabajo persistente”. Al mismo tiempo reconoce que el Frente Amplio que fundó, cuando empezó la disputa institucional, descuidó de alguna forma el trabajo comunitario: “A mí lo que me interesa es el trabajo de base, hay que fortalecer los partidos políticos, vincularse con ese sector de la población que hoy está en la periferia política”. Boric destaca la importancia de su formación política y adelanta que tiene ganas de organizar trabajos voluntarios, inspirados en los que hacían en Chile los estudiantes al comienzo de los años setenta, pero con los retos del siglo XXI. “Me interesa crear comunidad”, agrega. Y, aunque tendrá una oficina, quiere dedicar tiempo a recorrer Chile.

—Entonces, va a volver un poco a ser el que fue…

—Yo no sé a lo que voy a volver concretamente. Lo que tengo claro es que voy a seguir trabajando por la conformación de una alianza amplia entre la izquierda, el centroizquierda y el centro. Este es el oficio que me apasiona y voy a seguir trabajando por mejorar la calidad de vida del pueblo de Chile desde un lugar que todavía está por verse. Quienes estamos en política, por esencia, somos inconformistas. Siempre que se llega a una meta, inmediatamente surge la siguiente. No es que yo termine el 11 de marzo y diga listo, hicimos todo lo que había que hacer. Avanzamos en la dirección de construir un país más justo, más igualitario, un poco más cohesionado socialmente, con una mejor distribución de la riqueza, pero falta muchísimo por hacer.

Boric tampoco quiere anticiparse sobre cómo debe ser la oposición a Kast. En primer lugar, porque cree que sería irresponsable desde su lugar actual. “Depende mucho del comportamiento del Gobierno, pero lo que sí tengo claro es que la oposición tiene que ser democrática, no puede ser solo de Twitter ni de camarillas políticas, sino que tiene que estar vinculada íntimamente con el territorio, con el pueblo”. Y aboga por dedicarle tiempo: “No basta solamente una reflexión de café. La izquierda que solamente le echa la culpa al adversario está condenada a diluirse”.

Te puede interesar
Sheinbaum y TRump

México defiende su soberanía ante el vendaval de Trump

Redacción
Política10 de enero de 2026

El Gobierno de Claudia Sheinbaum intensifica una campaña a puerta cerrada para subrayar que la colaboración bilateral en materia de seguridad ha dado frutos concretos La presidenta pide al canciller Juan Ramón de la Fuente que busque una reunión con Marco Rubio, después de que el republicano proponga ataques por tierra a los carteles del narcotráfico.

Lo más visto
WhatsApp Image 2026-01-09 at 18.05.11

Protección Civil y Bomberos de Irapuato emiten un aviso preventivo por la llegada del frente frío número 27

Redacción
Irapuato10 de enero de 2026

La Coordinación General del Servicio Meteorológico Nacional ha emitido un aviso especial. En respuesta, la Secretaría de Seguridad Ciudadana Municipal de Irapuato, a través de la Coordinación de Protección Civil y Bomberos, informa que se esperan condiciones climáticas adversas debido al frente frío número 27. Este frente se acompaña de una masa de aire polar y un fenómeno de "Norte" prolongado, lo que impactará tanto a Guanajuato como a Irapuato.

entrada-frente-frio-norte-provoco

Atención por helado domingo: Frente frío número 27 con lluvias y bajas temperaturas en más de 20 estados con afectaciones, entre ellos Guanajuato

Redacción
Ciencia y Cultura10 de enero de 2026

Durante las primeras horas del domingo 11, gran parte de la República Mexicana enfrentará un escenario de condiciones invernales severas. En Guanajuato habrá lluvias aisladas. Guanajuato enfrentará este domingo temperaturas frescas, con una sensación térmica que oscilará entre 22°C y 14°C durante el día. Las mínimas se esperan entre 8°C y 3°C por la tarde y noche. En las áreas serranas y altas, el amanecer del domingo y la madrugada del lunes 12 de enero podrían registrar temperaturas que van de 0°C a -5°C. Autoridades de protección civil en varios municipios han emitido alertas y solicitado a sus poblaciones a cuidarse de las condiciones climáticas, vistiendo ropa abrigada, con especial atención a niñas, niños y adultos mayores.

Suscríbete al newsletter para recibir periódicamente las novedades en tu email