
¡Dímelo a mí!

Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
México, 11 de junio de 2026.
Martín querido,
Los Mundiales permiten revisar la biografía en plazos de cuatro años. Recuerdas quién querías que fuera tu novia en España 82, quién te hizo caso en México 86, con quién te casaste en Italia 90. Tres Mundiales después, piensas en qué momento se te ocurrió hacer eso.
Comienzas la correspondencia mencionando las razones del cuerpo y la forma en que condiciona nuestras vidas. A principios de 2022, en el baluarte de Cartagena de Indias, me dijiste que tenías molestias en una pierna. No puedo olvidar el momento en que, años después, compartiste el diagnóstico que te habían dado los médicos: ELA. Estábamos en un restaurante madrileño, cerca de Tribunales. En la mesa de junto, cuatro magistrados peroraban como si quisieran dictarle sentencia al jamón serrano. Los encaraste para decir: “¿No podrían gritar más bajo?”.
Ya te había visto enfrentar a alguien con enjundia de área chica. En esta ocasión parecías increpar a un árbitro que no sabía usar el silbato. El tono de tu voz y tu mirada hicieron que los jueces se levantaran en el acto y buscaran otra mesa. Yo estaba a punto de venirme abajo con la noticia que me habías dado, pero entendí que te sobraba fortaleza. No cualquiera aplica justicia de ese modo.
Los héroes del fútbol son víctimas de los excesos de su profesión. Rodri recibió el Balón de Oro en muletas; un año después, Dembélé llegó lesionado a la misma cita. El deporte destruye a quienes lo practican de mejor manera.
Por suerte, la literatura permite otra clase de compensaciones. La enfermedad no ha impedido que escribas con la fecundidad de un Balzac porteño, e incluso te ha volcado a escribir letras de canciones.
Hace unos días murió mi madre. Hablamos por teléfono y te conté de sus semanas en terapia intensiva y de la injusticia de que su mente —lúcida, irónica, dueña de una memoria impar— no tuviese un cuerpo que la respaldara. Acababas de impartir un taller de crónica y tenías la voz de un entrenador que ha gritado demasiado en el partido. Un susurro me llegó del otro lado del océano: “¡Dímelo a mí!“.
Los filósofos no han podido con el problema mente-cuerpo y no seré yo quien lo resuelva. Me limito a celebrar tu entereza. Cuando sugeriste que retomáramos Ida y vuelta, la frase llegó con la autoridad que sólo tiene el capitán del equipo. Conservas ese brazalete.
Aquí estamos, cuatro años después. El paso del tiempo ha dado de baja muchas de mis pasiones, del heavy metal a la adicción televisiva (después de Seinfeld y Los Soprano hubo pocas). Extrañamente, el fútbol me sigue irritando, deprimiendo y entusiasmando. ¡Cuántos gerundios para una pasión que no termina!
Cuando el Pipita Higuaín, paisano tuyo, se puso el uniforme blanco (“ese color horroroso”, como decía Vázquez Montalbán) sentí un instantáneo repudio hacia ese chico noble y talentoso, que no me había hecho nada, pero fichaba por el Real Madrid. Mi sistema nervioso, marcado por un padre barcelonista, lanzaba una señal incontrolable. El paso de los años no ha menguado estas reacciones.
El Mundial 2026 pondrá a prueba nuestra capacidad emocional. Mencionas los desastres de la FIFA, consorcio vandálico que en México opera como una fuerza de ocupación. Los vecinos del barrio de Santa Úrsula, donde se alza el Estadio Azteca, necesitan un salvoconducto para entrar y salir de sus casas.
La zona está sitiada; en torno a ella, el resto de la ciudad también está sitiada. Los maestros acampan en las calles, buscando mejoras salariales. Curiosamente, sus manifestaciones han incluido consignas futboleras. Un perímetro de vallas de acero impide que lleguen al Palacio Nacional. Una de ellas ostenta este grafiti, escrito por los maestros en rebeldía: “El fútbol es del pueblo, no de la FIFA”.
Se anuncian ocho manifestaciones para el día de la inauguración; la mayoría de ellas responden a causas justas (madres que buscan a sus desaparecidos, campesinos sin tierra, alumnos y maestros rurales en situación desfavorecida). Se trata de un claro reflejo de la descomposición social, pero también del repudio a un cotejo para privilegiados. El deporte más popular del mundo se gestiona como un acto exclusivo.
La redondez de la Tierra confunde los relojes. Escribo estas líneas antes del juego inaugural, pero se leerán después. El estadio abrirá sus puertas al amanecer; para poder entrar ahí, dormiré en el barrio de Tlalpan en casa de unos parientes, a cinco kilómetros de la cancha. La logística de acceso equivale a escalar el Everest sin oxígeno.
Ya te contaré de mi experiencia en las gradas. Por ahora, concluyo con lo que me parece el sentido profundo de una correspondencia. Retomo tu frase del otro día: “¡Dímelo a mí!”. Al hablar de la enfermedad de mi madre y del fútbol, no te hablo de algo que no conozcas. La amistad produce un raro milagro: lo que te digo, lo entiendes mejor que yo.
Te abraza,
Juan.


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