
Firewall ciudadano: claves y controles. Mientras allá afilan la guillotina, acá firmamos convenios
Uno podría pensar, con cierta ingenuidad provinciana, que cuando el hacha de las reformas se cierne sobre el pescuezo de una institución, sus guardianes al menos simularían algún espasmo defensivo. Pues no, al parecer no es el caso. Los días y las semanas han pasado y en el Instituto Electoral del Estado de Guanajuato —ese microclima burocrático donde el tiempo parece transcurrir a la velocidad de una siesta en la campiña cervantina— han optado por una postura filosófica de altos vuelos (aunque nomás corra), como modelo de gestión pública.
Las recientes declaraciones del senador Reyes Carmona, agitando la posibilidad de extinguir los OPLES, deberían haber caído como un balde de agua helada sobre los pasillos del IEEG. Deberían. Lo que uno encuentra, sin embargo, no es exactamente un conato de supervivencia, sino una especie de éxtasis autista: firman convenios con todo lo que respira, como si coleccionar rúbricas fuese un pasatiempo olímpico y no una muestra más de esa visión patrimonialista que ha convertido la política de inclusión en un coto particular.
Así, mientras la guillotine legislativa se afila en CDMX, nuestros guardianes de la democracia local engordan el currículum con acuerdos de colaboración con quien se deje. La inclusión, ese mantra sagrado, se ejerce sin ton ni son, como quien riega las plantas sin fijarse si están vivas o muertas, con tal de que el vecino vea que uno tiene la manguera en la mano.
Entretanto, la solicitud del Frente Amplio Democrático para que se realice un parlamento abierto cuando la propuesta presidencial llegue al Congreso. Silencio. Ni siquiera ese gesto mínimo que sería convocar a una reunión de café y bocadillos para decir: "Señores, esto se quema. ¿Hacemos algo o seguimos firmando convenios como si la fiesta fuese eterna?"
Pero quizá soy injusto -divago-. Quizá sí tienen una estrategia. Quizá, como en los tiempos heroicos de los procesos electorales, están esperando instrucciones superiores. El problema es que el delegado del INE —ese oráculo al que solían consultar cuando la bruma de la incertidumbre les nubla el juicio— ya hizo las maletas. Se va. Y ellos se quedan, con la mirada perdida en el horizonte, preguntándose quién demonios les va a dictar ahora la cartilla.
La forma es fondo, diría Don Reyes, y el fondo de este deambular es que ciertas instituciones han olvidado para qué existen. Me viene a la mente una conversación que sostuve con Pepe Argueta, cuando le impugnaron su nombramiento de consejero y lo decía fuerte, palabras más palabras menos: “algunas instituciones existen no para administrar elecciones, que es su oficio, sino para sobrevivir a ellas; el riesgo es que esta sea su única vocación”.
Mientras, en la plaza, el mariachi desafina una canción de despedida. Pero ya nadie recuerda a quién.



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