Uno podría pensar, con cierta ingenuidad provinciana, que cuando el hacha de las reformas se cierne sobre el pescuezo de una institución, sus guardianes al menos simularían algún espasmo defensivo. Pues no, al parecer no es el caso. Los días y las semanas han pasado y en el Instituto Electoral del Estado de Guanajuato —ese microclima burocrático donde el tiempo parece transcurrir a la velocidad de una siesta en la campiña cervantina— han optado por una postura filosófica de altos vuelos (aunque nomás corra), como modelo de gestión pública.