
En los primeros meses de Trump en la Casa Blanca, le envió un mensaje donde decía creer que por colusión, asociación o vinculación, las autoridades mexicanas se encontraban rebasadas y no actuaban contra los cárteles de las drogas.


Harris y Trump no están en la lógica de mantener el acuerdo comercial con México y Canadá, y la preocupación de tener una cadena de suministro garantizada en México pierde más peso.
Opinión16 de octubre de 2024 Raymundo Riva Palacio
El diálogo que sostuvo la presidenta Claudia Sheinbaum con 240 de los líderes de empresas de México y Estados Unidos levantó altas expectativas en busca de luces que mostraran para dónde caminará en materia de inversiones privadas. Es lo mismo que trata de averiguar el gobierno de Joe Biden. Katherine Tai, la jefa de negociaciones comerciales de la Casa Blanca le dijo a Bloomberg que la reforma judicial había generado preocupaciones por el impacto que podría tener en la relación con su principal socio y necesitaban saber el alcance de la cooperación con la nueva lideresa mexicana.
Como la ven el gobierno y los inversionistas estadounidenses –y muchos más en el mundo–, la reforma judicial que impulsó el expresidente Andrés Manuel López Obrador amenaza el Estado de derecho, que se combina con la ansiedad que genera que Morena sea un partido que no tiene contrapesos y puede hacer prácticamente todo lo que desee con la Constitución, las leyes y el destino del país. El discurso dogmático y ultranacionalista de muchos legisladores morenos no se ha quedado en San Lázaro. Lo ha abrazado Sheinbaum, que desde su óptica expuso a los empresarios las bondades de la reforma y de otras iniciativas en curso, que centralizarán la toma de decisiones en ella –la Presidenta lo niega–, y sin contrapesos.
La reforma judicial, anticipó en su conferencia matutina, fortalece el Estado de derecho y las inversiones estarán seguras. La reforma energética tampoco impedirá la llegada de capital extranjero, agregó. La visión en Estados Unidos es la opuesta, al considerar que es una erosión de la democracia y una neutralización de los contrapesos que afectará las relaciones comerciales entre los dos países. Los temores tienen como pesadilla lo que hizo López Obrador con la mina Calica, de la empresa estadounidense Vulcan, que prácticamente la expropió, sin posibilidades legales para que se defendiera, y la restauración del monopolio para Pemex y la CFE en el sector energético.
Treinta y cinco mil millones de dólares en proyectos de inversión se congelaron ante la incertidumbre, y no han podido recuperarse. Tras el encuentro con los empresarios se anunciaron proyectos de inversión por 20 mil millones de dólares –15 mil millones menos que lo prometido hace un mes–, y que, como aquellos, son promesas. Varias empresas empezaron a mudarse a Estados Unidos para salirse definitivamente de México por no ver una viabilidad real a largo plazo. El peso se depreció frente al dólar ayer, al caer de 19.42 pesos por unidad el lunes, a 19.71 el martes. En el mercado de futuros, de acuerdo con Trading Economics, al finalizar este trimestre la cotización está prevista en 20.11 pesos por dólar.
Sheinbaum ha minimizado las críticas, pese a que las señales no son promisorias. Ayer mismo el Fondo Monetario Internacional advirtió “efectos imprevistos” en la economía por las reformas, que podrían afectar la producción, al anunciar un ajuste a la baja en la tasa de crecimiento de México para este año, de 2.2% a 1.5%, que coincide con las estimaciones de todos los organismos internacionales y bancos. El discurso de la Presidenta no incluye una reflexión sobre el estado de la economía, y mantiene la misma línea discursiva de su antecesor, reforzando el carácter ideológico y nacionalista del proyecto de la cuarta transformación.
Esta narrativa ortodoxa le permitió a López Obrador jugar con Estados Unidos, su principal socio comercial, porque había valores entendidos de que el discurso no alteraba el libre mercado que impulsaba el acuerdo comercial norteamericano. En la actualidad, Sheinbaum mantiene esa misma racional, aparentemente sin darse cuenta de que el entorno se ha modificado, como está perfectamente claro al escuchar a Kamala Harris y a Donald Trump en sus discursos de la campaña presidencial, que muestran que, por primera vez, los programas de demócratas y republicanos coinciden en el nacionalismo y en el proteccionismo.
No extrañaría de Harris, porque los demócratas siempre tuvieron como pilares en sus bases electorales a los sindicatos, que los hacía ser proteccionistas, y a las minorías, por lo cual sus políticas migratorias eran más severas para proteger el empleo. Trump, sin embargo, movió el eje republicano, que era abiertamente pro libre mercado y más tolerante con la migración. Trump, como lo hizo cuando fue presidente, está en contra del acuerdo comercial con México, porque pese a las enmiendas que le hizo, siente que en la actualidad sigue teniendo desventajas para Estados Unidos. Harris ha dicho varias veces que está en contra del acuerdo y recuerda constantemente que fue uno de los 10 senadores demócratas que votó contra su ratificación.
Harris y Trump no están en la lógica de mantener el acuerdo comercial con México y Canadá en los términos actuales, y la preocupación de tener una cadena de suministro garantizada en México cada vez pierde más peso. Las políticas de Trump, como presidente, y de Joe Biden actualmente en la Casa Blanca, han buscado crear condiciones propicias para que la relocalización de las empresas que estaban en China sea en Estados Unidos. La falta de estrategia de López Obrador para aprovechar el fenómeno –nearshoring– que resultó de la guerra comercial entre esos dos países hizo que México perdiera su gran oportunidad y dejara que varios estados de la Unión Americana fueran los principales ganadores de la relocalización.
Harris no es simpatizante del llamado T-MEC, y ha hecho serias críticas a las provisiones ambientales, en contraposición con la decisión de Sheinbaum de priorizar –se verá qué tanto en el presupuesto– los combustibles fósiles sobre las energías limpias. Trump quiere elevar aranceles a los automóviles chinos para evitar que, a través de México, entren disfrazados a su país. Los dos coinciden en que lo renegociarían para eliminar las debilidades que le ven, pero Sheinbaum no está analizando esta externalidad política que pudiera afectar sus planes de desarrollo.
Las reformas constitucionales de los últimos 45 días y el discurso lineal de Sheinbaum no ayudan a la generación de incentivos para que las inversiones vean a México como su principal plataforma de exportación para Estados Unidos, por lo que debería ampliar su visión estratégica y evitar errores irreversibles.

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