
Inicia la gran fiesta: rueda el balón en el Azteca en la apertura de un mundial plagado de problemas sociales en los países organizadores

México recibirá apenas 13 de los 104 partidos del Mundial, pero el único país tres veces anfitrión se lanza a abrazarlo como si fuera suyo por completo. Mientras sus coorganizadores, Estados Unidos (78 partidos) y Canadá (13 encuentros) parecen contemplarlo con cierta distancia, en México la Copa del Mundo se vive con una intensidad diferente. Lo ha hecho llenando estadios para partidos entre selecciones desconocidas para el público general, como ocurrió con el repechaje; al convertir cada llegada de un equipo —como lo hizo con España este lunes—, en una celebración, y al refugiar a la delegación iraní en su territorio tras el rechazo de Estados Unidos. A eso, hay que sumarle la incertidumbre: la de las torrenciales lluvias que caen sobre la capital con la puntualidad de cada junio; la de las más que posibles manifestaciones que amenazan con paralizar la ciudad; las carencias de la organización... Pero México, el gran anfitrión, quiere fútbol.
El papel del país como sede empezó con los partidos de repechaje que dejaron estadios llenos para encuentros que parecían destinados a pasar desapercibidos. Nueva Caledonia y Jamaica jugaron ante miles de personas que les apoyaron como locales. Fue importante el precio de las entradas, en unos 200 pesos (10 euros), dispares con los boletos oficiales, que se han convertido en los más caros de la historia. Para muchos aficionados mexicanos, esas eliminatorias fueron la oportunidad más cercana de sentirse parte de un Mundial que económicamente les pertenece cada vez menos. Más recientemente, con la llegada de las selecciones a los campamentos base, los aficionados han esperado durante horas para conseguir una fotografía, un saludo o una firma. Va más allá de la rivalidad, pues lo han hecho incluso con Sudáfrica, que será su primer contrincante. El contraste con sus socios organizadores es inevitable: en Canadá el fútbol no despierta mucho interés y en Estados Unidos los recibimientos han destacado por los controles migratorios.
Las expectativas políticas están a la altura del tamaño del torneo, que será el más grande de la historia y el primero organizado por tres países. Mientras el presidente estadounidense, Donald Trump, utiliza el evento como escaparate político, un arma contra sus adversarios y para estrechar su relación con la FIFA, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum ha decidido no asistir a la ceremonia de inauguración y ha regalado su boleto, el 001 a una joven indígena. La ausencia de Sheinbaum no tiene precedentes. Desde presidentes y reyes, hasta emires, todos han dado el banderazo o asistido a los 22 mundiales que se han celebrado en la cita deportiva más vista del planeta. Sheinbaum podría convertirse entonces en la primera jefa de Estado en la historia en ausentarse de la inauguración de un Mundial.
Trump y Mark Carney, primer ministro de Canadá, según se ha informado, también se ausentarán de la ceremonia en Ciudad de México este jueves. El pasado diciembre los tres líderes de Norteamérica se reunieron por primera y única ocasión en medio de las amenazas y los insultos de Trump, que quedaron aparcados momentáneamente en nombre del fútbol: El encuentro se dio cuando coincidieron en Washington para el sorteo del Mundial. Aunque en esa reunión sonrieron juntos para las fotos, el escenario no ha cambiado mucho en seis meses. En plenas negociaciones del tratado de libre comercio TMEC, el estadounidense ha dicho este miércoles que su país no necesita “nada” de sus dos vecinos.
Mientras los líderes se mantienen a distancia, México parece decidido a ocupar el centro emocional del torneo, aunque sea desde los márgenes. Y ningún lugar simboliza mejor esa vocación que el Estadio Azteca, o Banorte, según la nueva denominación comercial que le dio una inversión de más de 2.100 millones de pesos. Un cambio de nombre que no altera su peso histórico. Aquí Pelé conquistó el mundo en 1970, Maradona levantó la Copa en 1986 y aquí, a 2.200 metros sobre el nivel del mar, se escribirá otra página irrepetible: el recinto se convertirá en el primero de la historia en albergar partidos de tres Mundiales.
El estadio reabrió en marzo con un amistoso entre México y Portugal, entre las dudas sobre si las obras llegarían a tiempo. No ha sido concluido, pero está listo para convertirse en el escenario principal del fútbol mundial. La ceremonia de apertura está a cargo de Shakira que se ha consagrado como figura inseparable del torneo. A ella se sumarán artistas mexicanos como Alejandro Fernández, Lila Downs, Maná, Belinda, Los Ángeles Azules, y otros internacionales como J Balvin, Danny Ocean y la cantante sudafricana Tyla.
La selección mexicana se enfrenta este jueves, cuando millones de ojos a través de la televisión y las redes sociales estén sobre la capital del país, a Sudáfrica en el Azteca. En el partido más esperado de los que se disputarán en territorio mexicano. De los otros 12 encuentros de la fase de grupos repartidos entre Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara destacan los encuentros atractivos como el España-Uruguay, Corea del Sur contra Chequia, o los partidos de Colombia frente a Uzbekistán y República del Congo. Luego quedarán las incógnitas de las rondas eliminatorias.
Son solo 13 partidos. Una cifra modesta para un país que organizó dos Mundiales completos y que considera el fútbol una de sus expresiones culturales más profundas. Pero quizá precisamente es por eso que la expectativa es grande: México sabe que esta Copa del Mundo no es completamente suya. Sabe que la mayoría de los encuentros se disputarán al norte de la frontera, donde sus compatriotas, que han contribuido al crecimiento del deporte, son perseguidos y detenidos. Sabe que muchos aficionados locales han quedado fuera por el precio de las entradas. Aun así, insiste en ejercer el papel que mejor conoce en la historia de los Mundiales: el de anfitrión. Quizá el mejor anfitrión de todos.


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