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title: "La unidad en Morena: misión imposible para Sheinbaum"
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  - "Salvador Camarena"
author_name: "Salvador Camarena"
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category_description: "Columnas y artículos, análisis político y más"
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# La unidad en Morena: misión imposible para Sheinbaum

![Salvador Camarena](/download/multimedia.miniatura.805f04b30cbc799c.TUVYX1NhbHZhZG9yLUNhbWFyZW5hLTItMzc4eDM3OF9taW5pYXR1cmEud2VicA%3D%3D.webp)

La declaración más importante de Claudia Sheinbaum en el discurso por el segundo año de su Gobierno fue una petición de confianza a sus compañeros. Formulada a manera de aclaración no pedida, la presidenta subió el tono y asentó que no hay divisiones ni distanciamientos con Andrés Manuel López Obrador.

“Somos parte del proyecto de la Cuarta Transformación de la vida pública”, leyó la mandataria casi al final de su alocución, de poco más de una hora. “Que nadie se equivoque: aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos. Lo único que hay es la defensa del pueblo de México y su dignidad”. Esas palabras fueron aplaudidas con normal emoción por quienes la acompañaron en Palacio Nacional el martes.

El contexto en que ocurrió esa declaración es muy particular. Con algunos resultados promisorios en seguridad, dueña de una relación frágil pero funcional con EE UU, con las riendas cortas en las finanzas, fija su popularidad en la banda de los sesenta altos y mostrando animosidad contra la prensa, a punto de cumplir dos años en el cargo, a la presidenta donde más le regatean es dentro de casa.

Morena es un desgarriate que amenaza al Gobierno. Morena se sacude con escándalos que en no pocas ocasiones hacen necesario cuestionar el liderazgo presidencial por su inacción ante desviaciones programáticas, berrinches y, desde luego, indicios de corrupción. Y la explicación plausible de tan indebida contención sería que teme perder apoyos de los sectores más ultra del obradorismo, o del propio López Obrador.

El grupo en el poder no ha encontrado desde 2018 la fórmula para deslindar aquello que en el anterior régimen atribuían a Jesús Reyes Heroles: el Gobierno, Gobierno; el partido, partido. O, según lo puso el político veracruzano en su discurso al tomar posesión del PRI en febrero de 1972: “Somos el partido en el Gobierno, pero no somos el Gobierno”. Desde luego que la praxis luego desmentía a la teoría.

Con Morena, las normas y los rituales están por construirse. Y la presidenta vive atrapada en esa falta de maduración institucional obradorista. Su arenga para refrendar la unidad, su afán de manifestar su apego al origen, busca antes que convocar al orden a quienes se rebelan, convencer a la tribu de que su Gobierno no dará la espalda al movimiento. Una proclamación que ya ha hecho antes.

La presidenta Sheinbaum, a punto de arrancar el tercer año de su gestión, debe sortear un laberinto que la lleve a dar resultados que ayuden al partido a defender en 2027 las gubernaturas que hoy ostenta, a que Morena esté en condiciones de pelear el triunfo en al menos una más, Chihuahua, y, sobre todo, a retener la mayoría constitucional en la Cámara de Diputados.

Para lograr lo anterior, la Administración privilegia el mayor acuerdo posible con Donald Trump. Si pierde la capacidad de mantener negociaciones comerciales, así sean tirantes, impredecibles o accidentadas con la Casa Blanca, no solo se derrumbará el crecimiento económico de México, sino las probabilidades de Morena de salir a campaña sin barruntos de crisis económica en contra.

Las pláticas con Washington no son gratis y desbordan el TMEC. Una cosa es que el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, haya declarado días atrás que los escándalos por visas negadas a morenistas o por políticos acusados de nexos con el narcotráfico, no están en la mesa de la discusión comercial, y otra que esas pláticas no dependan de la voluntad que Washington perciba de México en todas las materias.

Como reportaron varios medios, a la par de las rondas por el TMEC el Departamento de Estado ahora demanda que México se esfuerce más en detener los cruces ilegales de connacionales hacia el territorio estadounidense. Una solicitud que no es sino una vuelta más en la tuerca que desde el norte presiona a la administración Sheinbaum, que no importa cuánto coopere, siempre será más exigida.

Cabeza fría se volvió el eslogan que caracterizó el proceder de Sheinbaum con Trump lo mismo ante declaraciones fuera de tono que para solicitudes que la ponen contra la pared. En lo que se ve la reacción mexicana a la nueva exigencia migratoria de Marco Rubio, la presidenta ha tenido que salir al paso esta semana al denunciar que la DEA pretende dividir a su Gobierno.

Sheinbaum rechazó las reiteradas manifestaciones de encomio de la DEA para con su secretario de Seguridad Ciudadana, Omar García Harfuch, sabedora de la suspicacia que ese beso del diablo despierta en las filas morenistas. Si de por sí el policía de Sheinbaum es visto con recelo desde hace años por los llamados duros del movimiento, mientras más se afianza la colaboración con Estados Unidos, peor.

Fue precisamente la reunión de García Harfuch con Terry Cole, jefe de la Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos (DEA), en la reunión convocada por la instancia estadounidense el 18 de agosto en Buenos Aires, Argentina, uno de los elementos que a manera de hipótesis explicaría el abrupto, y a la postre fallido, retorno de Rubén Rocha de la gubernatura sinaloense el mes pasado.

Rocha habría visto con máximo recelo el publicitado entendimiento entre la agencia que fue maltratada por Andrés Manuel López Obrador en su sexenio y el colaborador de primer nivel más identificado con la presidenta Sheinbaum. El temor a ser apresado, a partir de lo que sería el fin de la protección de la que gozó desde tiempos de López Obrador, habrían movido a Rocha a retomar la gubernatura el 21 de agosto.

Con esa decisión, el gobernador, cuyo triunfo en 2021 fue manchado por acusaciones de ayuda de narcos durante la elección, se plantó en el centro del obradorismo. Sonriente, Rocha desafió a la presidenta. Si al correr de las horas, primero Gobernación, luego el partido y finalmente los gobernadores morenistas lo dejaron solo, la duda de si contaba para su rebeldía con la aprobación del expresidente nunca se disipó.

El comportamiento de Rocha es un extremo, pero resume un patrón que encuadra tanto el desplante de Andrés Manuel López Beltrán al demandar al presidente Trump el despido de funcionarios porque le quitaron su visa, como la aparente frescura con que el martes se presentó al informe de Sheinbaum la gobernadora Mara Lezama, exhibida días atrás por abuso de múltiples vuelos en jets privados.

Los compañeros reclaman a Sheinbaum impunidad. Protección más allá de leyes y a prueba de denuncias periodísticas. El partido, lo saben, no tiene forma de dirimir sus demandas. Morena se indigesta con cualquier trámite de rendición de cuentas. Todo le estalla a las dirigentes porque no hay instancias ni procesos creíbles. El instituto obedecía a una sola voluntad y desde octubre de 2024 no saben si eso es vigente, o dual, o si cambió esa “única” voluntad definitoria.

Mientras se aclara la duda, unos se sienten con derechos por lo que hicieron en tiempos de, y para, López Obrador. Otros demandan reconocimiento por haber estado a favor (sea real o falso) de la causa de la presidenta, y unos más exigen no solo impunidad a la hora de entregar su encargo, sino arropamiento en nueva y lucidora función; y todo sin reparar en que su privilegio marginará a otros morenistas.

Y, en múltiples formas, eso se repite en bastantes de las pugnas internas por las mejores candidaturas del 2027. En varios estados —Chihuahua, por ejemplo— algunos morenistas son capaces de denunciar a uno de los punteros en la competencia por la candidatura al Gobierno de ese Estado diciendo que se trata de un panista embozado, de un heredero de la camarilla priista de César Duarte.

Las internas del morenismo en varios Estados no tienen cauce. De la pequeña Tlaxcala a la estratégica Baja California, incluida la Baja sur, las encuestas podrían mostrarse ineficaces para hacer que los derrotados se resignen, y se sumen. Tal escenario evidenciaría un error de la presidenta Sheinbaum, que ni ha tomado todo el control, ni ha cedido el mismo Ariadna Montiel, la dirigente formal.

Al declarar que no habrá divisiones ni rompimientos, al reiterar que es el mismo proyecto que en el sexenio pasado, la presidenta busca disipar las dudas de un movimiento que no se muestra dispuesto a entrar a una normalidad donde pertenecer al grupo no garantice impunidad. Porque prefieren la ambigüedad donde el partido abusa del Gobierno y éste consecuenta sin reparos a todo el movimiento.

La unidad morenista solo se logrará si el gobierno de Sheinbaum renuncia a su obligación de hacer valer la ley. Si la presidenta optara por ese camino, comprometerá los alcances de su administración y, desde luego, la colaboración con un socio estratégico como Estados Unidos. O hace que el partido sea partido y para efectos prácticos se haga cargo de sus militantes, o el Gobierno nunca será Gobierno.

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