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title: "Su noche triste"
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description: "A veces la justicia es justa. Justo hoy lo fue, la muy caprichosa, y el que intentó jugar terminó ganando"
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date_published: "2026-07-20T03:20:00-06:00"
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tags:
  - "Martín Caparrós"
author_name: "Martín Caparrós"
category_name: "Opinión"
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category_description: "Columnas y artículos, análisis político y más"
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# Su noche triste

![Martín Caparrós](/download/multimedia.normal.ade13d85fdb14ef9.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

> *Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.*

Por desgracia, Granjuán, a veces la justicia es justa. Justo hoy lo fue, la muy caprichosa, y el equipo que intentó jugar durante todo el partido terminó, curiosamente, por ganarlo. Y el otro, el que no pateó ni una vez —ninguna vez— al arco, lo perdió: antojos del destino.

En fin, que como viste y vio todo el planeta, perdimos. Fue, te decía, completamente lógico pero no lo entendí: ¿a qué cuernos jugó la Argentina? ¿A ver si aguantaba metido en su campo dos horas sin comerse un gol y así llegar a los penales? Nunca armaron juego; ni siquiera presionaron: ya en el primer tiempo era duro mirar cómo, en tres cuartos de cancha, los españoles podían recibir tranquilos, buscar alrededor, pensar qué iban a hacer; los argentinos los dejaban.

Era todo muy raro pero lo más raro de todo era el gran capitán. Desde el principio me pareció que Messi tenía algo. No sé qué, pero se lo veía desinteresado, dejaba pasar jugadores y pelotas a su lado sin siquiera mirarlos. Hacia los veinte minutos Argentina tuvo un tiro libre desde la izquierda de su ataque a cuarenta metros del arco español: clásica pelota para que Messi la pusiera en el área —y no lo hizo. Se paró al lado y dejó que De Paul la pateara. Y así todo el partido, salvo dos o tres chispas: lo miraba de lejos, caminando, como si no le interesara. Tú sabes que el primer tango-canción, el que inauguró el género en 1917, se llamaba Mi noche triste. La suya fue esta noche.

Y los demás no conseguían dar tres pases seguidos, se ponían tontamente violentos —uno se hizo expulsar—, el técnico hacía cosas tan curiosas como repetir el error de Tuchel que nos hizo ganarle a Inglaterra: para cuidar el cero metió tres centrales. O sea: que estaba todo mal y que sólo nos quedaba esperar que la injusticia funcionara y, así, llegar a los penales. Casi llegamos pero no llegamos, y estuvo casi bien: es tan bueno ganar pero ganar así no resulta tan bueno. España es el campeón y sería un gran campeón si supiera cómo meter goles. En su defecto, consiguió que no fuera indispensable.

Y ahora voy a contarte una especie de intimidad, un gaje de este oficio que tan bien conoces. Lo que sigue no lo escribo ahora; lo escribí esta tarde, antes del partido. Era lo que quería decir, más allá o más acá del resultado. Hubiera sido más elegante publicarlo tras el triunfo; lo publico en esta derrota que duele y, sobre todo, por sus maneras, me sorprende.

Lo que quería decir es que, a lo largo de este mes y medio, me encontré con sensaciones encontradas. Nunca hubiera esperado estas toneladas de palabras en medios, redes, bocas incluso, sobre “lo argentino”. Hace tiempo que no veía semejante discusión sobre supuestos caracteres nacionales; mucho sin ver nada sobre la violencia de los americanos, la vanidad de los franceses, el desdén de los ingleses, la hispanidad de los españoles pero sí, en estos días, toda esa catarata sobre cómo somos los argentinos. No sólo los que nos atacan diciendo que somos orgullosos, quejosos, astutos, ventajeros —y, ahora, tramposos y obsecuentes del poder. También los que nos defienden diciendo que somos resilientes, emotivos, astutos, amigueros y chupamos el mate de la misma bombilla.

Yo no creo en los caracteres nacionales. Hablar de “los argentinos” no tiene sentido. ¿Quiénes son los argentinos? ¿Los cientos de miles que salen a la calle para defender la educación pública o los millones que votaron a un odiador serial que trata de acabarla o los millones que “no quieren meterse”? ¿Los que tratan de aprovechar sus conexiones para hacer más plata o los que buscan trabajo y no consiguen? ¿Los millones que se preparaban para salir mañana por las calles pero no salen cuando saben que hay otros que no comen? ¿El señor director o la señora que le limpia el baño? ¿Por qué se igualarían? ¿Por la patria, porque son todos argentinos? ¿Qué arma una patria? ¿Que unos muchachos sean mejores que otros pateando una pelota? Parece que la mayor expresión de lo argentino, lo que nos une como nada nos une, fuera eso; si es así, la Argentina sirve para poco.

Estoy —y supongo que no es el momento de decirlo— bastante harto del patriotismo en general y del patriotismo futbolero muy en particular. Bastante harto del fervor con que sostenemos esta causa común que todos pueden abrazar porque no jode a nadie, porque no supone ningún cambio, porque solo involucra de verdad a esos pocos muchachos que salen a la cancha, porque el patrón que despidió a 20 empleados va a celebrar lo mismo que ellos, porque Milei y yo y los torturadores de la dictadura deberíamos gritar el mismo gol como si hubiera algo que estuviese por encima del respeto, la solidaridad, la canallada, los rencores: la patria que nos une —y la patria es mirarlo por la tele y gritar unos goles y cantar esos cantitos tan sentidos. La patria siempre es una treta, pero cuando la patria es fútbol es una treta boba —y por eso, supongo, funciona.

En fin, Granjuán, discúlpame este chorro. Este Mundial me hizo pensar muchas cosas sobre el fútbol y mi relación con el fútbol. Intentaré revisarlas de a poco, en una noche menos derrotada. Ya te lo iré contando, cualquier día de estos, sentados con una chela o una limonada. Sí, lo siento: últimamente es limonada.

Mientras tanto, te agradezco todos estos encuentros. Te agradezco el cariño y el humor y esta cosquilla de recibir tu carta y leerla pensando y ahora cómo coño le contesto, y el placer de ir encontrando las palabras, aunque nunca estuviesen a tu altura.

Nos hemos pasado un mes y medio en diaria compañía: la seguimos.

Te abraza,

m.

*El País.*

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