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title: "Efectos de contraste"
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  - "Juan Villoro"
author_name: "Juan Villoro"
category_name: "Opinión"
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category_description: "Columnas y artículos, análisis político y más"
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# Efectos de contraste

**![México vs Inglaterra](/download/multimedia.normal.a6906ff4c50675cc.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)**

**Martín (Caparrós) querido:**

México nos llevó a un carrusel de emociones y dominó a Inglaterra sin que eso llevara a la victoria. Después de cuatro victorias sin gol en contra, nuestra defensa mostró su incapacidad de resolver los contragolpes verticales. Dieciséis remates a gol no fueron suficientes para igualar el marcador. En gran medida, esto se explica porque los ataques fueron previsibles: centros a un área dominada por la defensa inglesa.

En tu última carta dices que Argentina está demasiado segura de su campeonato. La selección mexicana tenía el complejo opuesto: le costaba creer en sí misma. Javier Aguirre logró el milagro de armar un equipo competitivo, algo que parecía imposible hace apenas cuatro meses, pero el sueño terminó con un baño de pragmatismo.

Inglaterra hizo muy poco, a tal grado que Rangel, nuestro portero, tuvo escaso trabajo. La paradoja es que recibió tres goles. Los ingleses, maestros de las novelas de cozy crime, saben dosificar su veneno.

El público arropó a la selección con un estruendo formidable y supo abuchear a Infantino cuando apareció en la pantalla del estadio. Gritamos como si la táctica dependiera de la garganta. Esto no afectó en modo alguno a la flemática Inglaterra. Con poca iniciativa, y a pesar de tener a Kane perfectamente maniatado, encontró el modo de superar el compromiso.

Nuestra alegría futbolística hizo que los crímenes descendieran en 33%. Da miedo volver a la realidad.

¿Quedan motivos para que un mexicano vea el Mundial? Por el momento pasamos por horas bajas. Sin embargo, como bien dices, el balance sigue siendo positivo.

Pensábamos que el torneo sería un desastre. Los traslados excesivos, los cambios de clima y altura, los precios de delirio y las manipulaciones de la FIFA indicaban que el viento soplaría de pésima manera. Pero está visto que el fútbol tiene anticuerpos contra los virus que pretenden liquidarlo.

La dramaturgia del Mundial es la opuesta a la del Fausto de Goethe, que comienza en el cielo y luego llama al Diablo. Aquí es al revés: pasamos del infierno de los preparativos al paraíso en la hierba. Mefisto hizo de las suyas en reuniones con Trump y la venta de boletos, esparció azufre en los palcos, repartió los partidos con machete (gran tajada para Estados Unidos, migajas para Canadá y México); luego, se convirtió en espectador de lo que había creado. Aunque el Mal sigue ahí, como una marca de agua en la pantalla, lo importante son los hechizos creados con los pies.

Hemos visto partidos de enorme voltaje emocional: Inglaterra-Serbia, Países Bajos-Marruecos, Argentina-Cabo Verde. En todos ellos hubo grandes goles. Además, Portugal y Colombia recordaron que un juego vibrante puede terminar 0-0 (en este caso por cortesía del VAR).

Los malos partidos —pocos, por suerte— sirven de saludable efecto de contraste. Y es que el fútbol puede ser horrendo. Imagino el estupor de un niño que nunca ha mirado un juego y debuta ante el Francia-Paraguay. Ese partido puede vacunar de por vida contra la fiebre del balón.

Sabemos que el talento no solo depende de mostrar virtudes, sino de evitar errores. Me gusta que hables de la gambeta. No sabemos si Haaland podría hacerla porque tiene el mérito de no intentarla. También Paraguay conoce sus limitaciones y se abstiene de ir al frente. Sería invencible si el fútbol se jugara sin pelota. Su especialidad consiste en mantener la portería en cero hasta que pasa lo de ayer. De tanto refugiarse en su propia área, los paraguayos concedieron un penalti. El que solo se dedica a sobrevivir en realidad se suicida de la manera más lenta posible.

Francia llegó a ese partido como una maquinaria de disparos de alto calibre. A treinta metros de la portería, Mbappé y Dembélé están cerca del gol. Recuerdo lo que Batistuta le dijo a Maradona cuando lo vio burlar a tantos ingleses: “Yo habría disparado de treinta metros, de veinte y de diez”. Diego solo soltó la pelota frente a las manos del portero.

El dribling, el regate o la gambeta escasean desde hace mucho. Quienes todavía lo practican han dejado pendientes sus proezas. Pongo de ejemplo a dos poetas: Vinicius Jr. y Lamine Yamal. El brasileño disfruta tanto la pelota que se emborracha con ella, como Dylan Thomas con sus últimos quince whiskies. Lamine deslumbra, pero no siempre concluye la jugada o la concluye de manera rara, al estilo César Vallejo: vanguardista radical, es capaz de terminar un verso con preposición. Sus botines albergan una magia todavía futura.

Ante la muralla de Paraguay, Francia apenas pudo intentar disparos. Mbappé se consoló diciendo que también se saben sumir en la mierda. Eres historiador y viviste en Francia; sabes mejor que yo lo que esa palabra significa para Francia. El general Cambronne perdió en Waterloo, pero supo mandar a la mierda a los ingleses. En realidad, esa palabra podría haber sido dicha por el niño que vio el juego y nunca más se asomará al fútbol.

Paso a otro “efecto de contraste”. Marruecos, que fue capaz de dominar a Brasil en su primer partido, decidió volverse sorpresivo y se dejó controlar por Canadá, país de jugadores de hockey sobre hielo. Pero como al fútbol le gustan las paradojas, acabó goleando 3-0.

El Brasil-Noruega no fue un carnaval. Ancelotti recuerda los tiempos en que Dunga obligaba a Brasil a jugar con el freno de mano puesto. Cedió la iniciativa a Noruega y acabó perdiendo.

Los partidos de tedio son el impuesto moral del aficionado: le permiten sentir que merece otros mejores.

Las derrotas dolorosas, como la que acaba de sufrir México, ofrecen una rara compensación. Sufrimos porque ese equipo en verdad nos importaba. Pudimos creer en él. Cayó sin que dejáramos de admirarlo.

Te abraza

Juan

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