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title: "Firewall ciudadano: claves y controles. Acá, la vulgaridad es lo que sobra"
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date_published: "2026-05-22T04:00:00-06:00"
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  - "Miguel Allende Foulques"
author_name: "Miguel Allende Foulques"
category_name: "Opinión"
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category_description: "Columnas y artículos, análisis político y más"
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# Firewall ciudadano: claves y controles. Acá, la vulgaridad es lo que sobra

![ChatGPT Image 22 may 2026, 04_13_49 a.m.](/download/multimedia.normal.b75ea368cd66d64f.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

“El insulto no son mas que palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las mas brutales o sutiles de nuestras emociones o reacciones. Palabras malditas que solo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos” Octavio Paz.

Hay políticos que creen que gobernar consiste en pavimentar calles, administrar recursos públicos y resolver problemas colectivos. Y luego están quienes parecen convencidos de que la verdadera esencia del servicio público radica en convertir la vulgaridad en marca personal. Porque, al parecer, ya no basta con insultar desde un micrófono: ahora también es necesario bordar la grosería en la ropa oficial, como si el agravio pudiera confundirse con valentía o el mal gusto con cercanía popular.

Ya anticipo la objeción: "Pero así habla la gente, eso es autenticidad, no seamos fifís". La excusa es conocida. Sin embargo, confundir cercanía popular con degradación del lenguaje público es un error de grueso calibre, porque parte de una premisa insultante para la ciudadanía: que esta es incapaz de reconocer a una autoridad seria si no se la aborda con groserías estampadas en el pecho.

Resulta curioso que algunos funcionarios aseguren defender la dignidad del pueblo mientras reducen el lenguaje público al nivel de una pelea de cantina. Tal vez piensen que el cargo de presidente municipal incluye licencia ilimitada para la ocurrencia vulgar, el desplante adolescente y la descalificación permanente. Después de todo, ¿para qué recurrir a ideas o argumentos cuando una frase ofensiva estampada en una camisa puede atraer más cámaras y aplausos fáciles?

Porque las palabras importan. Importan cuando las dice un padre frente a sus hijos, un maestro en un salón de clases o un ciudadano en la calle. Pero importan todavía más cuando provienen de una autoridad elegida para representar a toda una comunidad, incluso a quienes no votaron por ella.

Ahora, el problema no es un exabrupto aislado, sino convertir la vulgaridad en identidad política y herramienta de propaganda; Vicente Fox hizo de su torpeza verbal una marca, como aquel famoso ‘hoy, hoy, hoy’ cuando las ideas le abandonaron, aquello fue una necedad no un insulto. Hoy, el caso de la presidente municipal de Guanajuato Samantha Smith es distinto y ha escalado a convertir la vulgaridad en identidad política y estrategia, y el insulto en propaganda.

Sin embargo, convendría recordar algo elemental: un gobernante nunca habla únicamente por sí mismo. Ya desde Cicerón se entendía que quien ocupa un cargo público representa también la dignidad de la institución que encarna; Aristóteles, por su parte, advertía que las palabras reflejan hábitos y carácter. Así, un gobernante que convierte la vulgaridad en estilo termina revelando algo más profundo que su sentido del humor: muestra su incapacidad para distinguir entre autoridad y estridencia. Porque existe una diferencia importante entre hablar con lenguaje popular y degradar deliberadamente el discurso público. Lo primero acerca; lo segundo embrutece. La presidencia municipal no es una cuenta personal de redes sociales ni un concurso de insolencias creativas. Es una responsabilidad pública. Y aunque hoy parezca anticuado decirlo, el decoro sigue siendo una virtud política, no un defecto elitista.

Quizá el problema más preocupante sea la falsa idea de que la agresividad verbal representa autenticidad. Como si insultar rivales fuera prueba de honestidad política y no simplemente una renuncia al razonamiento.

Algún asesor debe decirle a la presidente Smith sobre la importancia de defender una “razón pública” basada en argumentos compartibles por todos los ciudadanos. Pero eso requiere un esfuerzo mucho menos cómodo que la burla fácil o la frase vulgar diseñada para viralizarse.

Y quizá ahí reside la verdadera tragedia contemporánea (y de los guanajuatenses en particular): algunos políticos han confundido popularidad con espectáculo (Como olvidar al Expresidente Alejandro Navarro, en su momento, pedir a la audiencia de un concierto público, chiflar a la delegada del INAH por aplicar la norma). Gobernar ya no parece consistir en elevar el nivel de la conversación pública, sino en competir por quién degrada más rápido el lenguaje institucional. La ofensa sustituye al debate; la ocurrencia reemplaza la propuesta; la grosería ocupa el lugar de la inteligencia.

No, no se trata de una ocurrencia aislada. Lo realmente irónico es que quienes recurren a este tipo de expresiones insisten en justificarlo diciendo que "así habla la gente". Como si la ciudadanía fuera incapaz de comprender ideas serias o exigir respeto de sus autoridades. Como si el único modo de conectar con la población fuera mediante frases vulgares impresas en camisas y vehículos oficiales, reduciendo la investidura pública a mercancía propagandística. Lo que antes fue objeción se convierte ahora en confesión: el gobernante vulgar no subestima al pueblo; lo revela todo sobre sí mismo

No estamos por los políticos fríos, artificiales o incapaces de mostrar carácter. La firmeza no está peleada con la dignidad. Se puede confrontar sin insultar. Se puede criticar sin vulgarizar. Se puede conectar con la gente sin convertir la grosería en uniforme institucional o decoración de su vehículo oficial. Hay una diferencia evidente entre el ingenio y la vulgaridad. El primero demuestra inteligencia; la segunda, generalmente, ausencia de ella.

Tal vez algún día ciertos gobernantes descubran que la fuerza de una autoridad no se mide por el tamaño del insulto que exhibe en el pecho, sino por la altura moral con la que es capaz de conducirse frente a quienes piensan distinto. Mientras tanto, la vulgaridad seguirá siendo lo que siempre fue: el recurso de quien no tiene argumentos, el disfraz de quien no tiene ideas y el refugio de quien intuye que, si intentara hablar en serio, nadie le tomaría en serio. Funciona, claro. Pero solo mientras la ciudadanía decida no exigir más.

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